3.0 Opinion

Sin playa no hay paraíso

Santa Cruz de Tenerife es la capital de una isla en la que viven más de 1 millón de personas, a la que cada año llegan más de 5 millones de turistas extranjeros, casi 800.000 peninsulares, 400.000 canarios de otras Islas y unos 700.000 cruceristas. Este pequeño punto en el mapa es municipio turístico por obra y gracia de la clase política (con tanta inteligencia y solidaridad que deja fuera del cuadrilátero de esta categoría a locomotoras comerciales como El Corte Inglés, Meridiano –el mayor centro comercial de la capital- o Media Mark).

Las Teresitas

Las Teresitas

Santa Cruz de Tenerife es la capital de una isla en la que viven más de 1 millón de personas, a la que cada año llegan más de 5 millones de turistas extranjeros, casi 800.000 peninsulares, 400.000 canarios de otras Islas y unos 700.000 cruceristas. Este pequeño punto en el mapa es municipio turístico por obra y gracia de la clase política (con tanta inteligencia y solidaridad que deja fuera del cuadrilátero de esta categoría a locomotoras comerciales como El Corte Inglés, Meridiano –el mayor centro comercial de la capital- o Media Mark).

Hablamos de la capital político administrativa, pero sólo eso. Sin la refinería a la que tanto ataca su alcalde (a pesar de que supone a las arcas locales más de 4 millones de euros en impuestos), sería un patatal, donde muchos comerciantes del centro siguen cerrando a su capricho (por supuesto si pensar ni un segundo en cómo han variado los horarios laborales de la mayoría de la gente), donde en muchas zonas hay que pasar rápido o con la nariz tapada del pestazo de sus cada vez más sucias aceras (veremos cuánto dura en desaparecer el ácido olor a orín de sus calles tras el Carnaval).

Frente a tanto abandono, la capital económica de toda la Isla la conforman los municipios del Sur (Arona, Adeje, Granadilla, Guía de Isora), llenos a reventar de turistas ganados durante años feria a feria, de muchos más que no pudieron viajar a Egipto Turquía, Tailandia, de rusos y de buscadores de sol y playa.

El alcalde, un cada vez más desgastado y desnortado José Manuel Bermúdez, de Coalición Canaria, (entre sus muchas funciones, sorpresivamente y con total naturalidad de quien se cree intocable, aún es consejero de la RadioTelevisión Autonómica Canaria –lo que puede comprobarse en cualquier de sus informativos y programas, en donde aparece con o sin justificación-) se disfrazó en este Carnaval de azafata. De azafata de cruceros, añadió (en su tele, claro).

Si de proteger y apoyar a los valientes cruceristas que aún se atreven a bajar caminando hasta el centro de la ciudad (la mayoría opta por excursiones al Loro Parque, el Parque Nacional del Teide u otros rincones preciosos de Tenerife), más le habría valido un disfraz de barrendero (para dejar brillante su tortuoso, descuidado y lejano paso hasta el centro de la ciudad), de policía (para que así nunca los atraquen), de guía municipal (para que no se pierdan)…

Este hombre gobierna una ciudad en ruinas, sucia y sin espíritu ganador. La lista de edificios abandonados asusta (Viera y Clavijo y Mamotreto, por ejemplo) tanto como la de pisos vacíos y locales comerciales cerrados. A veces parece una auténtica ciudad fantasma (sin citar los 15.000 supuestos vecinos que engrosaron el padrón municipal, sin existir).

Aún peor. La capital dispone de la que podría haberse convertido de las mejores playas de todo el Archipiélago, Las Teresitas. Construida con arena del Sahara en el encantador y pesquero barrio de San Andrés, a las faldas de la cordillera de Anaga, hoy Las Teresitas es el reflejo de lo que es la ciudad y su alcalde: abandonada, sucia, sin luz (eléctrica o a velas), ni carril en condiciones para bici y corredores, sin aparcamientos suficientes, ni accesos adecuados desde carretera (les invito a vivir alguna de sus angustiosas colas de regreso), con servicios o prestados de forma muy deficiente (vestuarios, aseos, duchas, vigilancia, chiringuitos entre otros).

Ya que en muchos aspectos de su gestión en al Ayuntamiento ha demostrado no preocuparse por el bienestar de sus vecinos, al menos tendría que haber pensado entre los tantos de su deficiente y decepcionante trayectoria municipal que incluir una jornada de playa (en una hipotética Teresitas bien dotada y cuidada) en la ruta de los cruceristas hubiera sido un gran tanto en su carrera, para apuntárselo cuando llegue la cada vez más cercana cita electoral.

Es lo que pasa con los políticos cortoplacistas, esa generación que vela tanto por sí misma que se olvida, ataca y desoye, a quienes les recuerdan que son mortales y que, cuando se acabe su actual y privilegiada situación, volverá a su condición de vecino, de lujo, sí, pero vecino al fin y al cabo.

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