Cultura

Desmesurado

“Imagina padecer un trastorno que te dificulte enormemente el día a día. Que te limite y que te hace sufrir, en ocasiones hasta límites insospechados. Y que, desgraciadamente, este trastorno acabe afectando también a tus seres queridos y a tu entorno más cercano.

Imagina también que, además, os encontréis de frente con la incomprensión, el rechazo, los prejuicios e incluso la burla de la sociedad que no sólo no te ayuda sino que te aísla y torpedea tus posibilidades reales de recuperación…

Ilustración: Samuel Hernández El Asfalto es Blando
Introducción

Imagina padecer un trastorno que te dificulte enormemente el día a día. Que te limite y que te hace sufrir, en ocasiones hasta límites insospechados. Y que, desgraciadamente, este trastorno acabe afectando también a tus seres queridos y a tu entorno más cercano.

Imagina también que, además, os encontréis de frente con la incomprensión, el rechazo, los prejuicios e incluso la burla de la sociedad que no sólo no te ayuda sino que te aísla y torpedea tus posibilidades reales de recuperación…

 
 

Ahora, deja de imaginar!

 
 

Esta es la realidad que sufren quienes padecen problemas de salud mental graves debido al estigma”.

 
 

Todos. Juntos #contraelestigma

César M. Estévez

Especialista en Salud Mental CHUC

Nota del autor: No suelo acercarme a los textos, los escribo desde lejos, intentando coger las riendas de la ficción. Aquí me he saltado los cánones.
Con todo mi amor para mi madre.

 

Relato

Faltaba el cariño en el primer piso. Faltaba todo, no sólo un pedazo. En su lugar, sólo se oían los llantos de quien tiene la costumbre de recoger las lágrimas con las manos. Les hablo de las lágrimas que caen cuando uno es abandonado.

A mi vecina la dejaron de buenas a primeras después de cinco años de noviazgo. Sólo le quedó la cama de matrimonio, una hipoteca de seis cifras y un vacío glotón que llenaba todas las habitaciones como si fuera oxígeno.

¡Qué pena me daba la pobre! Día sí y día también escuchaba cómo subía su llanto por la escalera de caracol de nuestro edificio; si de esta manera el balbuceo no lograba salir a los peldaños porque las puertas estaban cerradas, olisqueaba y buscaba el camino para acabar trepando por la solana, escalando piso por piso, como si tuviera garras para hacerse oír de cualquiera de las maneras.

Muchas veces pienso que ojalá se agarrara el cariño. Pesa poco y es demasiado liviano. Cualquier soplido de dudas se lo lleva volando. Ojalá no fuera gaseoso. Ojalá no fuera desmesurado y pudiera darse al peso en la medida exacta.

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Ilustracion.-Samuel-Hernández

Ilustración.-Samuel-Hdez

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Ilustración: Samuel Hernández El Asfalto es Blando

Con los años también me he dado cuenta de que el amor siempre come en platos calientes y que su hermano gemelo, un tal desamor, por el contrario zampa a gusto aparte y en frío. También he reflexionado a ratos sobre por qué Cupido usa flechas en los romances, cosa que aún no acabo de entender, ya podría el hombre usar otra cosa. ¿Acaso nadie le ha dicho que duele demasiado arrancarlas con las manos?

Volviendo al tema, a mi vecina sólo se la oye porque, verla, la veo poco, la verdad. Apenas nos cruzamos dos veces cada mes en la entrada del edificio. Ella tan correcta me lanza una sonrisa de quita y pega. Yo le devuelvo la mía, la que se me pronuncia sincera, aunque me cueste dibujarla en los labios al ver unos ojos rojos hundidos de tanto llora que te llora.

Llorar también llora un perro en el segundo piso. Es un cachorro de pocos meses del que aún no he acertado a descubrir la raza. Lo compraron para hacer compañía al inquilino. El buen hombre, del que poco más sé, con la crisis trabaja ahora más que nunca; cosa que al perro le importa bien poco y que encima de los encimas, le duele y le molesta más que un millar de pulgas. El perro quiere querer, seguro que la lengua le llega de la emoción hasta el suelo, pero no tiene a nadie y, al final, cansado acaba en su caja de cartón. Allí piensa sobre el pienso con un hueso gigante que enterrar, si pudiera, entre todos esos azulejos. Así hasta que se duerme. Así hasta que se termina despertando.

En el tercero, Consuelo consuela a su hijo. El pequeño no entiende por qué tiene la piel de otro color. Tampoco sabe que Consuelo no es su madre, que ese no es ni mucho menos su país, ni tan siquiera intuye que lo sacaron de una lista de espera de años de una lejana China. A él lo que de verdad le importa son las burlas en el patio del colegio; esas burlas atravesadas como sólo saben hacer los niños, con esos dardos envenenados en palabras por sus ojos achinados, por sus falta de vista y sus gafas de tres culos de botella. Su madre lo protege en casa pero en el colegio siempre lo devora el lobo. Lo sé porque el muchacho siempre vuelve cabizbajo, como volvía yo hace un año, con el rabo entre las piernas contando pasos desmesurados en la pena.

En el cuarto ya me pueden encontrar a mí. No vivo sólo. Mi madre es lo único que me queda. Es una buena mujer que nació con la suerte de espaldas. Ha sembrado una familia y sólo ha recogido tempestades. Tiene el pelo de color plata, de todas las penas que se ha tragado. Ella estuvo conmigo cuando llegaron todas las voces. Y ella misma estuvo a mi lado cuando se fueron. Nunca me dejó sólo. Nunca me faltó calor. Nunca me fallaron sus brazos para acurrucarme. Allí me mecía el pelo entre susurros, mientras veía que el suyo con los días cambiaba de color.

Lo sé porque desmesurado fue el dolor en aquella época al igual que desmesuradas fueran las voces. Desmesurado el amplificador por el que salían y desmesurado era el eco dentro de mi cabeza. Desmesurada la angustia, la rabia, los gritos, los muebles al romperse, las lágrimas volando y cayendo en barrena, las ganas de apagar la luz dentro de mi cabeza, las ganas de perderme, las ganas de no encontrarme en el laberinto, el hacer daño, el reparar lo dañado, el volver a empezar tan desmesurado. Desmesurado, digo, todo el mundo a mi alrededor que des-me-nu-cé.

Por todos estos vecinos que tengo yo no uso el ascensor y subo todos los días por la escalera. Tengo esa costumbre. Así hago ejercicio y, de paso, unos pequeños encargos.

Es costumbre que en el Primero C deje unas rosas en la puerta. Pienso que, en breve, quizás el rojo de los pétalos se convertirá en el carmín de unos labios arreglados. Unos labios para volver a sonreír. Tengo también la rutina de pegar una sonrisa de las mías, de esas que tiene uno en la que enseña todos los dientes. Cogerla de mi boca. Tocar la puerta. Dejarla allí. Tengo la fe de que quizás un día se tropiece con una y empiece a usarla. Seguro que tiene una sonrisa de cine y que sus labios también se tuercen sin esfuerzo mirando al cielo.

En el segundo dejo un poco de jamón envuelto en finas lascas. El perro las devora en segundos. Son segundos que le ahorro de llanto agudo y de esos aullidos finos que azotan el tímpano más duro. Estoy seguro que mueve la cola como una antena en días de viento. Nada me gustaría más que saber su raza, cogerlo con mis manos y darle los mismos lengüetazos que él me daría con ese frenetismo desmedido. Pero me separa una puerta, porque siempre hay algún estorbo en la vida que nos intenta separar de las cosas que queremos. No me importaría subirlo a casa o darle un paseo por la manzana todos los días. Si me tropiezo con su dueño no voy a dudar en preguntárselo.

En el tercero una vez por semana compro un tebeo, lo meto en un sobre y le pongo un sello. Toco dos veces seguidas en el timbre. Estoy compinchando con la madre. Ella es una artista en hacerse la ocupada. El muchacho corre hacia la puerta porque sabe que soy yo. Siempre le digo lo mismo. Siempre se han equivocado. Siempre el sobre es para un chico como él, estoy seguro, cómo iban los mayores a leer esas cosas, qué fácil se equivocan las personas de dirección en el remitente, qué poco se fijan. Sus ojos rasgados brillan. Su imaginación despega de una pista sin límite hacia un amigo imaginario. Sonríe en una boca llena de dientes caídos. El último día me dijo que iba a escribirle una carta, que quería saber más cosas, que es su amigo del alma.

En el cuarto piso mi madre siempre me espera. Cuando abre la puerta ya tengo preparado el primer abrazo. En la vida y en mis sueños está siempre entre mis brazos. Cerca. Allí hundo mis manos. Mis primeras carantoñas las resguardo dentro de su cabellera. Siempre imagino que puedo convertir todas esas hebras de plata en oro. Le debo demasiado. He calculado que más de mil vidas. Por eso cuando se fueron las voces prometí regalarle cien besos al día. Ahora tengo que dejarles. Es tarde. Son las nueve de la noche, y aún tengo guardados en mis labios veinticinco de esos besos que darle.

@jcbonillaperez
3 Comentarios

3 Comentarios

  1. José Carlos Bonilla Perez

    13 marzo, 2014 en 17:04

    Gracias por acogida de este texto y gracias a todas las personas que decidieron “entrar en el edificio” por su propia voluntad. Es una esperanza palpable de que queremos cambiar las cosas. Cada peldaño de esta historia es una lucha contra la sombra del estigma… Y ganaremos!!

  2. Nieves Rodríguez

    13 marzo, 2014 en 17:49

    No sepas jamás ser brazos sin otros que te abracen pero aprendí de O..para dártelo!

  3. Yurena Perez Cruz

    25 marzo, 2014 en 13:41

    Me encantaría vivir en el Quinto. Ganaremos!

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