3.0 Opinion

Asistentes del asistencialismo

Abundan ciertos personajes que quieren aparecer como seres analíticos, de aséptico intelecto, equidistantes de todo extremo, que en cuanto pueden van soltando argumentos siempre matizados por el barniz de su buen arbitrio y ponderada moderación, como si bajo el palio de lo académico y la óptica del estudio sus opiniones se atuvieran estrictamente al dictamen de la realidad, frías y desapasionadas y por lo tanto ciertas.

PIRAMIDECAPITAL

Abundan ciertos personajes que quieren aparecer como seres analíticos, de aséptico intelecto, equidistantes de todo extremo, que en cuanto pueden van soltando argumentos siempre matizados por el barniz de su buen arbitrio y ponderada moderación, como si bajo el palio de lo académico y la óptica del estudio sus opiniones se atuvieran estrictamente al dictamen de la realidad, frías y desapasionadas y por lo tanto ciertas.

Con motivo de cumplirse el primer aniversario de la muerte, siembra o desaparición física de Hugo Chávez, dos de estos inteligentes, en diferentes estudios de televisión, coincidieron en la palabra despectiva que se hace doctrina de todo un pensamiento: el asistencialismo.

¿Qué es el asistencialismo? Para ellos es el Estado benefactor, una suerte de Cáritas institucional que, movida por la piedad para con los pobres y marginados, de forma más o menos irresponsable y como un buen y conmovido padre, alarga su generosa mano y con el dinero público les presta ayuda, sin resolver el fondo del problema. Esta misma idea tiene arraigo en otros segmentos menos atildados y más descorbatados. Los programas sociales que incluyen una ayuda directa los hacen pensar que quienes trabajan y pagan impuestos mantienen a los parásitos, es decir, a los que no quieren trabajar.

Hay vacíos profundos y errores en bruto en esta apreciación. Lo que jamás explican es si los mandatos constitucionales que obligan a los estados a garantizar la salud, la educación y la vivienda, derechos incuestionables y fundamentales, son letra muerta o de uso únicamente en retóricos discursos. Más deshonesto e inexacto es ignorar tan alegremente que una parte sustancial de la producción se hace a lomo de pobre. No son los académicos ni los comerciantes, menos aún los empresarios o los terratenientes, los de azada y pico, escoba y martillo. Soslayan también que la pobreza genera por sí misma pobreza porque niega a los individuos posibilidades y oportunidades para de salir de ella. Esta visión además olvida que la pobreza es, sobre cualquiera otra consideración, un estado de permanente y perentoria necesidad, la desesperada lucha para llevar un mendrugo a la boca hoy mismo o mañana y no para comprarse un cero kilómetros. Y que la pobreza no es una opción que se toma o se deja. Es simple y llanamente una dictadura criminal o una condena sin culpa debida.

Chávez o Evo Morales la conocieron en cuna. Un solo ejemplo. Evo Morales, con sus primeros y mezquinos sueldos de trabajador infantil, cuando cumplió 15 años, llevó la primera cama de cuatro patas que entró por la puerta de su casa. Gente así es la que sabe qué es la deuda social con generaciones y generaciones de seres postergados y humillados, y cuál es la urgencia de programas que no esperen el famoso derrame que proclama la derecha y que la pinta de cuerpo entero pues el derrame se produce sólo cuando la riqueza rebosa, escurre y cae, si es que la dejan caer (la versión moderna de la mesa de Opulón), lo que hasta el momento y durante 500 años jamás se ha producido en América Latina y, si me apuran, en el mundo.

Finalmente hay un punto sustantivo para rebatir la tesis del asistencialismo. Establecer a quiénes les pertenecen las riquezas de un país. Si a los nacionales, por el simple hecho de serlo. Si les asiste algún derecho para que los beneficie aunque sean pobres. O, si por el contrario, les son del todo ajenas y únicamente pertenecen al capital, a ricachos ávidos, a grupos privados nacionales y, con más frecuencia, a multinacionales que son todas extranjeras. Esta es la gran disputa en cuestión en América Latina. La que está latente por estos días en las calles de Venezuela.

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