3.0 Opinion

Caralibro

Suena la alarma del móvil, extiendes el brazo hasta alcanzarlo y consigues hacerlo callar. Abres los ojos y, aún con las legañas aferradas a ellos e intentando estirar alguna parte de tu cuerpo, deslizas el dedo para desbloquear la pantalla. La curiosidad mañanera o el simple hecho de esperar a que aparezcan las ganas de levantarte hacen que entres en el Facebook. Comienzas a ver cómo algunos de tus amigos cuelgan fotos de sus viajes, aventuras, pasiones, amores…, y comparas. ¡Qué mierda! Hacen mil cosas, tienen cientos de aficiones, visitan los países más exóticos del planeta, aparte de tener un novio o novia cariñosa y detallista. Parecen tener la vida perfecta. Se los ve plenos, disfrutando de compartir sus experiencias con el resto del mundo. Y además son guapos. ¡La madre que los parió! Lo tienen todo. Entonces le echas un vistazo a las tuyas: un día de playa (con aquellos pelos), un almuerzo familiar (sales con la boca llena), la foto de grupo de cuando fuiste al colegio (¿cómo te dejaste etiquetar?), el atardecer que ves desde tu casa cuando llegas del trabajo (sacas unas veinte y cuelgas cinco), alguna imagen de tu último postre (¿triste, no?) ¡Así no hay quien pueda!

2-FOTO-NIEVES-GLEZ-ARROCHA

Suena la alarma del móvil, extiendes el brazo hasta alcanzarlo y consigues hacerlo callar. Abres los ojos y, aún con las legañas aferradas a ellos e intentando estirar alguna parte de tu cuerpo, deslizas el dedo para desbloquear la pantalla. La curiosidad mañanera o el simple hecho de esperar a que aparezcan las ganas de levantarte hacen que entres en el Facebook. Comienzas a ver cómo algunos de tus amigos cuelgan fotos de sus viajes, aventuras, pasiones, amores…, y comparas. ¡Qué mierda! Hacen mil cosas, tienen cientos de aficiones, visitan los países más exóticos del planeta, aparte de tener un novio o novia cariñosa y detallista. Parecen tener la vida perfecta. Se los ve plenos, disfrutando de compartir sus experiencias con el resto del mundo. Y además son guapos. ¡La madre que los parió! Lo tienen todo. Entonces le echas un vistazo a las tuyas: un día de playa (con aquellos pelos), un almuerzo familiar (sales con la boca llena), la foto de grupo de cuando fuiste al colegio (¿cómo te dejaste etiquetar?), el atardecer que ves desde tu casa cuando llegas del trabajo (sacas unas veinte y cuelgas cinco), alguna imagen de tu último postre (¿triste, no?) ¡Así no hay quien pueda!

¡Está claro! Ellos hacen trampa. De alguna forma están ganando la partida y no te estás enterando. Mientras vas al trabajo, llevas y recoges los niños de la escuela, haces la compra, visitas a tu madre, tomas una caña con un amigo, te duchas y lees algunas páginas de un libro o te acurrucas en el sillón a ver Breaking Bad, ellos cuelgan aquellas fotos favorecedoras, perfectamente planeadas, en las que el pelo cae ligeramente sobre la cara mientras saltan en el campo y las hojas de los árboles acarician levemente su figura en un fondo único, con un filtro que oscurece ligeramente los bordes.

No vale solamente con expresar lo que sientes o lo que vives en realidad. La verdad no vende, no consigue los suficientes me gusta, ni despierta comentarios halagadores, ni tan siquiera un emoticono. Hay que cuidar la imagen. Se trata de empolvar los momentos. ¡Pues yo paso! Ya me resulta agotador vivir una vida como para tener dos. Es una idiotez tratar de convencer a alguien de que tienes una vida maravillosa en lugar de vivirla y compartirla de una manera natural. Así que, no sé ustedes, pero yo seguiré apostando por esas instantáneas inesperadas o posadas, los selfies a mi manera, pero sin ninguna intención más allá que la de compartir sin esperar.

@Nievesarrocha

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