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La vida sigue igual

¿Pero que creían? ¿Que la abdicación del Rey Juan Carlos iba a suponer la posibilidad de un cambio radical en la vida española, o mejor dicho en la vida de los españoles?

Por favor… ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible! Este viejo lema del mayo francés me vino a la cabeza contemplando la concentración de varios cientos de partidarios de la República en la plaza de La Candelaria en Santa Cruz de Tenerife; o viendo, poco después, las imágenes de los miles que lo hicieron en la Puerta de Sol madrileña, o en Bilbao, Zaragoza y otras muchas ciudades de este país. Es cierto que la institución monárquica española está en horas bajas, gracias a la manifiesta torpeza de varios de sus miembros (caso Urdangarín) o de la pasividad de quien debiera haber cortado de raíz las andanzas del yerno con ínfulas de millonario; o de una cacería en mitad de la crisis, o de una princesa con la boca muy grande y algunas cosas más, pero pretender que un cambio de régimen supone una mejora para los ciudadanos de este país se me antoja utópico.

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¿Pero que creían? ¿Que la abdicación del Rey Juan Carlos iba a suponer la posibilidad de un cambio radical en la vida española, o mejor dicho en la vida de los españoles?

 Por favor… ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible! Este viejo lema del  mayo francés me vino a la cabeza contemplando la concentración de varios cientos de partidarios de la República en la plaza de La Candelaria en Santa Cruz de Tenerife; o viendo, poco después, las imágenes  de los miles que lo hicieron en la Puerta de Sol madrileña, o en Bilbao, Zaragoza y otras muchas ciudades de este país. Es cierto que la institución  monárquica española  está en horas bajas, gracias a la manifiesta  torpeza de varios de sus miembros (caso Urdangarín) o de la pasividad de quien debiera haber cortado de raíz las andanzas del yerno con ínfulas de millonario; o de una cacería en mitad de la crisis, o de una princesa con la boca muy grande y algunas cosas más, pero pretender que un cambio de régimen supone una mejora para los ciudadanos de este país se me antoja utópico.

Al Rey hay que agradecerle su postura ante el 23F, por mucho que haya quien se empeñe en retorcer la historia con relatos suburbanos. La tarde del golpe de Tejero, este país se quedó sin habla y con más miedo en el cuerpo que un estado de excepción con los que la dictadura franquista acostumbraba a acojonar al personal. Y como ya era mayor de edad entonces, no recuerdo que las calles se poblaran de miles de manifestantes para impedir el golpe; eso lo hicieron el Rey y unos  cuantos más.

Tampoco es falso que durante el reinado de D. Juan Carlos este país haya vivido unos años de prosperidad y paz como no se recuerda en mucho tiempo. Repasen nuestra historia. Otra cosa es que el personal este ahora jodido, pero me temo que no es por la monarquía sino por errores propios: la inestimable connivencia de una sociedad laxa en el cumplimiento de deberes y muy proclive en reclamar sus derechos y una clase política, en muchos casos, lamentable. La crisis política, económica y social tiene sus raíces en la calidad democrática de este país, más allá de si nos hubiéramos regido por una monarquía o una república. Repasen las noticias de los últimos días: “Un equipo de futbol y su presidente acusados de fraude fiscal” (el Barça); “Condenado a 8 años de cárcel por saquear fondos de cooperación no ingresará en la cárcel” (ex diputado valenciano Rafael Blasco),  y son sólo un par de ejemplos.

El régimen que de verdad debe cambiar es el de la calidad democrática de este país. Uno envidia cuando un ministro británico dimite por falsificar una multa o un colega alemán lo hace por copiar una tesis doctoral. En España esto además de ser impensable  es, posiblemente,  práctica habitual. ¿No recuerdan, por ejemplo, los apoyos incondicionales  y los votos a personajes dentro de toda sospecha como Jesús Gil? O ese prodigio de la estafa empresarial que es Ruiz Mateos & Cia.

Hasta donde se conoce, el Príncipe Felipe contará con la inmensa mayoría del parlamento para ser nombrado rey, y si no hay contratiempo, su proclamación será el próximo 18 de junio. Mientras tanto, el personal puede desahogarse en las calles pidiendo un referéndum, cuyo trámite exige que quienes apoyarán al Príncipe cambien de posición y no veo al PSOE ni a CIU ni por supuesto al PP  por la labor. Los problemas de este país no los arreglará D. Felipe, entre otras cuestiones porque no tiene potestad para ello, sino la calidad democrática de un sistema y de sus dirigentes políticos que de momento prefieren que todo siga igual, o casi.

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