3.0 Opinion

Yo antes era muy indeciso. Ahora…, no sé

La frase del título, estampada en una camiseta, bien sirve para tratar ciertos temas a los que no se sabe por dónde tomarlos, si por el rabo, por las patas o por los cuernos.

Hace unos días murió en Siria un ciudadano estadounidense que clara e inequívocamente estaba combatiendo en nombre de Occidente contra Al Assad. El Departamento de Estado, presuroso, salió a decir que nada tenía que ver con el individuo en cuestión. Según la vocero, ¿o vocera?, el hombre estaba allí por su propia cuenta, por poco haciendo turismo.

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La frase del título, estampada en una camiseta, bien sirve para tratar ciertos temas a los que no se sabe por dónde tomarlos, si por el rabo, por las patas o por los cuernos.

Hace unos días murió en Siria un ciudadano estadounidense que clara e inequívocamente estaba combatiendo en nombre de Occidente contra Al Assad. El Departamento de Estado, presuroso, salió a decir que nada tenía que ver con el individuo en cuestión. Según la vocero, ¿o vocera?, el hombre estaba allí por su propia cuenta, por poco haciendo turismo.

Puede ser cierto de que no estuviera vinculado ni pagado por el gobierno pero queda la sospecha de que se trataba de un mercenario en nómina de una empresa privada contratada para instruir y potenciar la subversión en ese país. Ya nos ha quedado claro que hay una nueva metodología para avanzar sobre objetivos geoestratégicos: la asonada local y con dos ventajas que hay que alabarles: les resulta más barata y su opinión pública no se cabrea por la llegada de ataúdes patrióticamente ataviados con bandera y medallita.

Les resulta más barata porque tal como sucedió en Libia y palpita en Venezuela convierten a la oposición en un ejército de terroristas, precisamente ellos que se autoproclaman adalides contra el terrorismo. De esta manera, la carne de cañón corre por cuenta de los nacionales. Y si algún extranjero cae no es un soldado sino el empleado de una empresa de sicarios. Porque se ha privatizado la guerra como si fuera un servicio más, un negocio cualquiera. Esta idea de que particulares lucren del sufrimiento y de la muerte resulta atroz y nos avisa de que el capitalismo ha trasgredido todo límite y se adentra en una delirante carrera para que nada del acontecer humano quede sin ser sometido a las leyes codiciosas del mercado. Perdón, me corrijo, qué indecisión: ¡siempre ha sido un negocio que lucra a particulares!

Y persistiendo en la indecisión, ¿qué diferencia una guerra privatizada a la llevada a cabo por ejércitos convencionales? En los dos casos actúan asesinos profesionales. Que unos sean civiles y otros militares nada cambia. Los muertos y los heridos no van a notar la diferencia. Hasta se podría encontrar una ventaja: a los privados sin duda los divierte y los recluta las ganas de quemar adrenalina con muertos de verdad mientras que a muchos de los soldados, que no son de fortuna, la experiencia de matar les arruina la vida. Por eso tantos enloquecen o se suicidan.

Lo visto en ciudades como Alepo demuestra que semejante capacidad de destrucción y fuego sólo es posible mediante el uso de armas sofisticadas, y por lo tanto caras, y que también hay una logística compleja. Aun así, todo les resulta infinitamente mejor que si se tratara de una ocupación con tropas propias. Las potencias coloniales han creado la maldad perfecta: han reunido una causa, que puede ser justa, con un engaño. Duele ver a estos combatientes celebrando a tiros alguna victoria golondrina sobre los que eran sus vecinos o la voladura de un edificio que tarde o temprano ellos mismos van atener que pagar. Están dentro de la grotesca película que suponen es su realidad mientras sus valedores los aplauden porque hacen el trabajo sucio de cara a otros enemigos, sin tener ellos que aflojarse la corbata.

Aparte de esta utilización monstruosa de la gente, otro punto de indecisión surge cuando se mira al contendiente. Como Sadam y Gadafi, el heredero Al Assad es indefendible. Dictaduras prostitucionales, las llamó alguien, porque su amor por la democracia es simulado. En efecto hay elecciones en Siria mientras escribo. Pero todo es un gran entretejido de gregarios, chupamedias y chivatos, meritocracia de culto al Supremo que imparte supremos castigos y supremos favores. Y aparece una nueva indecisión. A pesar de lo detestables que puedan parecer estos personajes, en vía contraria han hecho prevalecer el laicismo, lo que no es poco; han mantenido sosegadas a tribus que se odian, lo que no es poco; han permitido a la mujer abandonar su condición de servidumbre, lo que no es poco, y la economía y las actividades han funcionado razonablemente bien, lo que no es poco.

Por todo lo dicho y enunciado y sin saber cuál de todos esos males es el peor, me pregunto, ¿vendo el televisor? ¿Tiro el móvil? ¿Huyo de los diarios? Yo antes era muy indeciso. Ahora… no sé.

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