3.0 Opinion

El tiempo pasa

En aquel lejano año 2000, en un invierno muy parecido al actual, con frío de algo menos de 20 grados centígrados (el cálido frío que casi siempre congela en esta tierra), yo andaba como loco esperando que de una vez viera la luz el hoy ya viejo, que no anticuado, compendio de cuentos cortos creo que acertadamente bautizado como Creaciones urgentes. Poder acariciar esa selección de narraciones encarceladas en papel impreso era la fuerza que me empujaba de la cama, me botaba al suelo en un plis-plas y me conducía como una bala al baño en busca del también urgente cepillado de dientes.

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En aquel lejano año 2000, en un invierno muy parecido al actual, con frío de algo menos de 20 grados centígrados (el cálido frío que casi siempre congela en esta tierra), yo andaba como loco esperando que de una vez viera la luz el hoy ya viejo, que no anticuado, compendio de cuentos cortos creo que acertadamente bautizado como Creaciones urgentes. Poder acariciar esa selección de narraciones encarceladas en papel impreso era la fuerza que me empujaba de la cama, me botaba al suelo en un plis-plas y me conducía como una bala al baño en busca del también urgente cepillado de dientes.

Esos días, quizás semanas, mi cabeza esperaba deschavetada la llamada con forma de llave que abriera el cofre con su regalo dentro. Y la señal llegó, tarde, tras hacerse mucho de rogar. Y lo hizo a través de mi contacto colateral más cercano a la editorial. Esa misma noche, ya muy de noche, tras burrear mis interminables páginas en La Opinión de Tenerife, cogí el Fiat Punto (el de Almudena) y tiré a toda prisa para el barrio de El Toscal, igual de ruinoso que lo está ahora, o quizá menos. En cualquier caso, un horror.

Toqué el timbre del piso, subí las escaleras, que ni del ascensor me acuerdo, y me di el gustazo de cogerlo entre mis manos y llevármelo al pecho, algo parecido a lo que hacen las mamás cuando paren a sus bebés. Los ejemplares que entonces llevé a casa los agarré con angustioso deseo (“¡míos, al fin!”, dije para mis adentros, en llano silencio), siempre con el gesto de alegría, de fondo, de los encargados de hacerme feliz en ese instante.

Aquella familia no había crecido y seguía formada por Jaime y Cristina. ¡Qué momento!, y qué ilusión que ellos fueran los Reyes Magos en aquella noche fría, callada, oscura, con coche sobre la acera y con final esplendoroso, repleto de color y casi de lágrimas.

Y luego el colofón, ya en casa y ante lo más querido, casi con la cuna esperando para guarecer el bello regalo. Esto tenía que vivirlo, y fui afortunado. Y toda esta historia, rememorada ahora en una tarde de cálido frío, viene a cuento, nunca mejor dicho, del sorprendente regalo que mi amigo Luis Aguilera (los viernes en Canarias3puntocero) me hizo por Reyes. Se llama El Inesperado y es una novela corta que promete, y yo prometo devorarla en noche de insomnio propiciado por el café y ralentizado por el güisqui. Gracias, Luis. Tan lejos… Va, querido… Agárralo y que dé fuerzas. Pronto nos abrazaremos. Eso espero…

@gromandelgadog

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