3.0 Opinion

El holocausto del nuevo Herodes

Probablemente usted y yo hemos estado equivocados con el infanticidio masivo en la franja de Gaza. Tendemos a creer, por ejemplo, que la muerte de cuatro chiquillos y las heridas a otros dos que jugaban en una playa es el producto trágico de los errores imprevistos que desencadena toda guerra. Sin duda estamos tentados a juzgar desde nuestra perspectiva, es decir, desde la razón, desde la decencia, desde la sensibilidad común y normal. Quizás esta buena fe nos induce a aceptar las noticias como buenamente nos las dan, sin desdoblar los hechos, sin desglosarlos.

Probablemente usted y yo hemos estado equivocados con el infanticidio masivo en la franja de Gaza. Tendemos a creer, por ejemplo, que la muerte de cuatro chiquillos y las heridas a otros dos que jugaban en una playa es el producto trágico de los errores imprevistos que desencadena toda guerra. Sin duda estamos tentados a juzgar desde nuestra perspectiva, es decir, desde la razón, desde la decencia, desde la sensibilidad común y normal. Quizás esta buena fe nos induce a aceptar las noticias como buenamente nos las dan, sin desdoblar los hechos, sin desglosarlos.

Ahora bien, si nos detenemos en ese solo episodio de la playa, tendremos que corregir esa percepción y aceptar que no es un hecho fortuito sino que hay y hubo plena intención de cometerlo. Aunque jamás hayamos estado en un buque de guerra, tenemos los suficientes elementos de juicio para reconstruir la alevosía del ataque. Empecemos por aceptar que el ejército israelí y su marina no son unos improvisados muchachos a los que se les disparan las armas por descuido o por azar. Ni que son armas tan rudimentarias que, además de que se les escapan los costosos misiles sin accionarlas, son erráticas e imprecisas. Ni que a tontas y a locas algún marino desobediente va disparando sin recibir una orden superior. Israel cuenta con la más alta y sofisticada tecnología en armamento y es del todo probable que esos niños hayan estado como objetivo en una mira, en un visor, en una pantalla y que se hayan tomado todos los recaudos para tener la certeza de no perder su blanco. Y la orden de matarlos debió necesariamente de seguir una cadena de mando. Vale decir que intervinieron, con plena conciencia de lo que hacían, varios asesinos. Incluso desde algún puesto de mando en tierra y no necesariamente en la zona de guerra sino desde algún cuartel en el interior de Israel. Este acto atroz desmiente a su vez la artera disculpa de que los niños son víctimas porque Hamás los usa como escudos humanos.

Si a estos cuatro chavales sumamos los muchos otros que han perecido en el transcurso de esta ofensiva, más lo que han quedado malheridos y mutilados para el resto de sus vidas, tenemos que llegar necesariamente a una conclusión: hay una decidida voluntad de utilizarlos como medio en busca de otros fines. TeleSur, que no tamiza ni distrae las noticias (otros desenfocan el teatro de las operaciones con el genérico “la crisis en Medio Oriente”), tiene una reportera en el lugar que asegura que al menos una tercera parte de los 600 y tantos muertos que van hasta hoy (martes) son menores, casi todos por debajo de los 10 años. Las bombas han matado a familias enteras, como la de siete miembros este lunes pasado. Y la contabilidad es inexacta porque falta la remoción de escombros y las víctimas de las que no ha quedado nada. Mídase la potencia de estas bombas por los cráteres que dejan.

Aquí hay que entrar en el terreno de las conjeturas y de las hipótesis. ¿Qué busca Israel con la muerte de los niños? ¿Cumple uno o varios objetivos? La primera idea es la de abatir a la población de Gaza por el terror. No basta con la devastación física sino que se hace necesaria la devastación sicológica y anímica. Consideremos que la tenacidad por resistir de los palestinos hasta ahora no ha sido doblegada. Han muerto muchos y especialmente muchos jóvenes. Se han asesinado, con la exactitud que ahora no tienen, a muchos jefes y cabecillas. Miles han caído presos. Pero a cambio de debilitarlos, Hamás ha conseguido su respaldo y se ha hecho fuerte. ¿Cómo debilitar entonces a Hamás? Debilitando su respaldo. ¿Cómo? Golpeando donde más duele: en sus pequeños. Parece ser que la endemoniada ecuación de los estrategas de Israel es creer que al final la población culpe a Hamás de la respuesta brutal que provocan sus inútiles cohetes. Suena a la consigna: “Ponte en contra de Hamás y nosotros no mataremos a tus chicos”.

Ésta sería una interpretación posible. Pero hay otra aún más apocalíptica e infame: demostrar a los palestinos que en esa tierra no crecerán jamás sus hijos. Ni en los tiempos presentes ni en los venideros. O por lo menos que mientras estén prisioneros dentro de los muros que ellos han levantado, la muerte los asecha y los asechará, y que ése es su único futuro. Que no llegarán vivos a la edad de combatir y que la operación de hoy es parte de una cirugía mayor: eliminar en origen y de raíz toda generación que mañana luche por la libertad y por la supervivencia de su pueblo.

¿Qué significa, entonces, el resto de víctimas civiles? ¿Cuál el mensaje? Tenemos que devolver las páginas recientes y lejanas del conflicto para llegar otra vez a la misma conclusión: lo que Israel busca es que los palestinos abandonen definitivamente los dos enclaves que sobreviven de su país. En otras palabras, que esta es una guerra de exterminio y de expulsión. Y se cantará victoria cuando ya no quede ni un palmo de patria palestina. Este aserto se sostiene en la lasitud o el franco apoyo de lo que llamamos Occidente, y en el vergonzoso y cobarde silencio de los árabes. En este sentido examinemos también las declaraciones de Obama, que insiste en la idea de que la lucha de los palestinos por sobrevivir es puro y franco terrorismo y que Israel únicamente se defiende, razón por la cual ofrece más ayuda militar. En la práctica es parte sustantiva de esa ocupación o, dicho con más claridad, de tal propósito. No de otra manera se entiende que se le dé más poder al poderoso ante un enemigo comparativamente arrinconado y desarmado.

Un bombardeo indiscriminado sobre una población que es la de mayor densidad por metro cuadrado del mundo y que incluye escuelas y hospitales, a los que tampoco se les deja llegar los insumos indispensables para atender a los miles de heridos y a gente que busca en ellos su refugio, solo puede obedecer al fin último del destierro por terror. “O te vas o te mueres. Tú eliges”, parece ser su clara advertencia, con frecuencia absolutamente explícita en las hojas volanderas que les lanzan.

Señores, estamos ante el holocausto del nuevo Herodes. Y somos sus cómodos testigos.

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