3.0 Opinion

Ceiba, banco y mujer con móvil

La calima aún decía adiós esa mañana, que le gusta las despedidas largas e irrespirables, e iba dando paso, con un parecido perfecto a alguna transición cinematográfica, a una imagen cada vez mejor enfocada de ceiba enorme y portentosa, abrigada y vigilante, con banco debajo de su extenso ramaje.

En el asiento, una mujer abrigada y gris, con las piernas cruzadas y los dedos en el teclado de un móvil. Escribe un sms y espera respuesta. Son las 11.00 y nadie dice nada, salvo un perro que se atreve a ladrar de alegría cuando le quitan el yugo de la cadena.

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La calima aún decía adiós esa mañana, que le gusta las despedidas largas e irrespirables, e iba dando paso, con un parecido perfecto a alguna transición cinematográfica, a una imagen cada vez mejor enfocada de ceiba enorme y portentosa, abrigada y vigilante, con banco debajo de su extenso ramaje.

En el asiento, una mujer abrigada y gris, con las piernas cruzadas y los dedos en el teclado de un móvil. Escribe un sms y espera respuesta. Son las 11.00 y nadie dice nada, salvo un perro que se atreve a ladrar de alegría cuando le quitan el yugo de la cadena.

Se respira angustia, soledad y desesperación. Estoy en la primera vuelta y la hago con andar rápido. El sudor no asoma y los canes, multicolores y polimorfos, brincan, cagan, orinan, comen verde y sobre todo desatienden las llamadas de sus dueños. Pasan de todo.

El parque está como siempre, pero esta vez se nota que es un día de invierno, un día de invierno como son los días de invierno en la ciudad: nada que ver con los inviernos que se dan más arriba.

En el siguiente giro, el dedo sigue junto al móvil: dinámico, apresurado, estresado y casi hasta violento. Camina, frena, pone una coma… Para… Espera un rato… No hay nada; no hay respuesta.

Al sudor cada vez le cuesta más asomar en la piel y a eso ayuda el ambiente ahora algo más frío: de nevera. Los perros se han tranquilizado y casi no pasan coches por las vías colindantes. La circulación también está fría; todo está frío. El único calor tramposo se atrapa junto a una madre y su bebé en el parque infantil, junto a un anciano que mastica novelas de lectura ligera y con letras grandes, junto a un dueño de perro que se las da de botánico…

Estoy en la quinta vuelta y no ha pasado nada. La mujer sigue bajo el paraguas de la ceiba, ahora en posición más cómoda. Espera y espera, y no hay respuesta. En ese mismo lugar la he visto con un hombre que ahora no llega, que no responde, que no atiende los mensajes (¿de amor?) de la mujer cruzada de piernas. El móvil no sirve de nada. Desespera y se levanta… La cosa está fea: sólo silencio al otro lado. El frío empieza a calar en sus huesos.

Es la sexta vuelta, pero aún quedan cinco mucho más rápidas. El reloj marca las 12.00 y los perros se han recogido. La ceiba sigue en su sitio, sin mover sus alas, y la mujer, también. Está en el banco, quieta, con la esperanza más nerviosa por la inexistencia del “sí, dime…”

Estoy en el último paso y ya termino el día en el parque. Él, sin asomar. Me alejo y veo al fondo la ceiba, el banco y una mujer hierática cruzada de piernas con los dedos en el teclado de su móvil. Está muy seria… Me alejo y ya no sé qué puede pasar… Fundido en negro.

@gromandelgadog

 

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