3.0 Opinion

El aforado diletante

Es como un flechazo que logra el término medio entre lo terrenal y el paisaje divino de algún excelso y promiscuo autor de la Grecia Antigua. Parecido a la delirante sensación de imaginar por unos minutos que eres como ellos, ataviado con vestiduras intangibles, propias de los que se proclamaron como grandes y prohombres en un panteón elegido, con letra pequeña, por la demos.

Barroso, Blair, Bush y Aznar, en la reunión de Azores. / WIKIPEDIA

Barroso, Blair, Bush y Aznar, en la reunión de Azores. / WIKIPEDIA


Es como un flechazo que logra el término medio entre lo terrenal y el paisaje divino de algún excelso y promiscuo autor de la Grecia Antigua. Parecido a la delirante sensación de imaginar por unos minutos que eres como ellos, ataviado con vestiduras intangibles, propias de los que se proclamaron como grandes y prohombres en un panteón elegido, con letra pequeña, por la demos.

Catalogada como especie condecorada en España, ese país que tan bien podría retratar Valle-Inclán o Miguel Mihura con la prosa propia de quien modeló la sociología urbana. No son una minoría, y a manera de fábula o cuento aleccionador dedicado a la inocencia infantil, son los que se presupone que protegen lo público y lo comunitario, los que luchan contra el hombre del saco, representando los intereses de una mayoría colonizada por una crisis económica dirigida desde los altares de lo fáctico. Ser aforado se traduce en impertinente y diletante, más si cabe en una época donde las cobayas experimentan con los hombres.

En sus echaderos de pan de oro, los más de 10.000 patricios raptan del erario partes inversamente desproporcionales a su productividad, además de estar exentos del juicio y el oprobio por el mero hecho (sin provocar al desaparecido Pancho que moraba en los fondos de la isla de El Hierro) de saber gestarse un buen negocio, con el soniquete propio de la fricción de un gin tonic en copa de balón. No es el rey “el gran apresurado”; son miles de responsables políticos los que disfrutan de unos privilegios, juros y mercedes propios del estado feudal de la Alta Edad Media, al eco de la sorna de gran parte del Viejo Continente.

En su defecto, el Partido Popular, con la dificultad del mozo en los encierros de Pamplona, debería proceder con carácter de urgencia a conmutar el significado de ese peligroso término. Igual así cambian las cosas, o igual no. Lo cierto es que el bipartidismo ha logrado viciar la idea del responsable público, apostando a caballo ganador y restando fuerza al fuero popular. Nos alarmamos de las cuentas en Suiza, de las cajas b, c, d, e…, pero el agujero negro que existe en un país de vodevil, en esta tierra cainita de greguería, debe tener peaje, y a ser posible, señal de stop.

Lo prometo, un día escuché a un político que aseguraba que la mejora de la calidad democrática está ligada a la ejemplaridad pública. Al terminar su oratoria, el despertador no me dio tregua.

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