3.0 Opinion

Historia con final de muerte

Aquella tarde ya percibía que no estaba para nadie, incluso ni para su amigo del alma. Tras las noticias grises primero y negras después del señor de la bata blanca, había decidido tirar de todas las correas para apagar la luz cristalina de tanto día soleado y así ir preparando su cueva para el atraque del ocaso.

No hacía nada de interés, salvo pensar. Todo era pensar cómo iba a presentarse el óbito. “¡Qué misterio!”, y sobre todo, “¡qué angustia, Dios mío!”, balbuceaba. “Hasta Dios se me aparece, quizá por la desesperación extrema, como idea de salvación terrenal, algo que ya se sabe que no es, que aquí no escapa nadie”, mantenía la cordura. “Esto no va de colores ni ideas ni bellezas ni riquezas. La muerte -siempre reflexionaba, antes, cuando le tocó estar sano, y ahora, con la enfermedad terminal- es lo único que iguala al ser humano”.

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Aquella tarde ya percibía que no estaba para nadie, incluso ni para su amigo del alma. Tras las noticias grises primero y negras después del señor de la bata blanca, había decidido tirar de todas las correas para apagar la luz cristalina de tanto día soleado y así ir preparando su cueva para el atraque del ocaso.

No hacía nada de interés, salvo pensar. Todo era pensar cómo iba a presentarse el óbito. “¡Qué misterio!”, y sobre todo, “¡qué angustia, Dios mío!”, balbuceaba. “Hasta Dios se me aparece, quizá por la desesperación extrema, como idea de salvación terrenal, algo que ya se sabe que no es, que aquí no escapa nadie”, mantenía la cordura. “Esto no va de colores ni ideas ni bellezas ni riquezas. La muerte -siempre reflexionaba, antes, cuando le tocó estar sano, y ahora, con la enfermedad terminal- es lo único que iguala al ser humano”.

Aquella tarde, más apagada de lo habitual (las persianas dibujaban la cueva) para tanto día seguido de verano verdadero: con sol, calor y luz avasalladora, él sintió que las horas se iban frenando, poco a poco, pero queriendo terminar con la poca claridad vital que llevaba dentro. Y así ocurriría. Apenas podía caminar; se arrastraba… Tenía sed, mucha sed (“un mal presagio”, pensó), y se fue a la nevera: vacía, sin nada, sin algo fresco… Pero es que hasta sin luz vivía…, salvo montones de pilas. Todo imposible. Tiró de la botella de agua, llenó un vaso con el poco líquido que quedaba en el bote de cinco litros y cogió las grageas que a esa hora le tocaban para engañar el dolor, lo único que de mala manera evitaba la medicina.

Harto de todo, casi ciego de vida, se tumbó en el sofá, su lecho de muerte, ya sin marcha atrás, y a duras penas alcanzó, con la mano derecha, la más ágil, para conectar el equipo hifi y poner bajita, con repeat, Kind of blue de Miles Davis, “una obra maestra e irrepetible”, reiteraba. Esta vez aguantó poco, que cayó en escasísimos minutos, cuando le falló el bombeo estirado en el orondo sofá.

Luego solo se supo de él cuando su querido amigo advirtió que eran muchos días con silencio extremo al lado, donde Juan. Todo pintaba a muerte. Y así fue. Entraron los bomberos, y allí estaba, tendido, solo si no hubiera sido por los acordes de Kind of blue.

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