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Vueltas en busca del adiós

Debo reconocer que la melancolía, que en tantas ocasiones con cielo así de oscuro siempre florece en lapsos de endemoniado esfuerzo y de mamona casi estructural, de las de sin retorno posible, me lleva de manera irremediable a echar la mirada hacia fuera; a coger la bola del mundo que está llena de colores con sus países, mares y montañas y a darle vueltas y más vueltas, y a pararla en seco…, y a ver entonces dónde…: “Aquí”, me digo…, y luego sigo y sigo sin desvelar la equis del adiós que me propongo. Y así perdura la manía hasta terminar mareado como un chucho de los de antes, a los que a menudo, que así yo lo viví en el pueblo, se metía en la bañera del cuarto de aseo y se invitaba, quisiera o no, a tomar unos coñacs, para que ya no supiera nada de altitudes ni envergaduras ni alturas ni cosas que se le parecieran, que entonces lo minúsculo se entendía como auténtica virtud, como saber entrar y salir, y también como quedarse fuera sin activar el ruido ni montar el escándalo.

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Debo reconocer que la melancolía, que en tantas ocasiones con cielo así de oscuro siempre florece en lapsos de endemoniado esfuerzo y de mamona casi estructural, de las de sin retorno posible, me lleva de manera irremediable a echar la mirada hacia fuera; a coger la bola del mundo que está llena de colores con sus países, mares y montañas y a darle vueltas y más vueltas, y a pararla en seco…, y a ver entonces dónde…: “Aquí”, me digo…, y luego sigo y sigo sin desvelar la equis del adiós que me propongo. Y así perdura la manía hasta terminar mareado como un chucho de los de antes, a los que a menudo, que así yo lo viví en el pueblo, se metía en la bañera del cuarto de aseo y se invitaba, quisiera o no, a tomar unos coñacs, para que ya no supiera nada de altitudes ni envergaduras ni alturas ni cosas que se le parecieran, que entonces lo minúsculo se entendía como auténtica virtud, como saber entrar y salir, y también como quedarse fuera sin activar el ruido ni montar el escándalo.

Estos días de cielo oscuro miro hacia otros lados y pretendo buscar la luz que construya mi adiós equis, porque, y cada vez lo tengo más claro, el futuro debe hallarse más en cualquier punto en que yo paro mi bola del mundo tras hacerla girar y girar con rabia que en el páramo que se posa en lo alto del acantilado; que en la playa que me baña los pies y despierta los placeres; que en el monte que respira conmigo el mismo aire, y no la mierda; que en la ciudad cansina y obsoleta con breve naturaleza en su interior, quizá lo mejor de la trama urbana; que en el barranco que sufre la otra erosión, la del hombre, día tras día, la que lo destruye en tiempos más veloces que el geológico…

Estos días con cielo encapotado que amenazaba agua y solo dio calor y humedad he querido construir mi adiós equis, pese a todas las alegrías y a todas las ataduras del sentimiento. Estos días no he parado de dar vueltas y vueltas a esa bola mágica que resume el mundo para que, a modo de premio esperado, me dé un lugar, un color, un océano y una montaña, espacios que combinados me permitan despejar de una puñetera vez la incógnita angustia. Freno y pongo el dedo…: “Aquí”, me digo. ¡Puta equis!


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