3.0 Opinion

Niebla

¿Por qué si podía nunca te dije que podía suicidarnos con romper nuestra historia? No quise recordártelo porque sabía que te haría daño. A diferencia de ti yo al menos fingía. Mientras, tú te empeñabas en recordarme lo feliz que me habías hecho. Y sí, era feliz, pero solo cuando no estabas, porque te imaginaba pensándome. Te diré algo más: nadie puede hacer feliz a nadie a pesar del amor o de los años. Sobre todo del amor. Me gustaría que lo tuviéramos en cuenta para nuestras vidas pasadas.

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¿Por qué si podía nunca te dije que podía suicidarnos con romper nuestra historia? No quise recordártelo porque sabía que te haría daño. A diferencia de ti yo al menos fingía. Mientras, tú te empeñabas en recordarme lo feliz que me habías hecho. Y sí, era feliz, pero solo cuando no estabas, porque te imaginaba pensándome. Te diré algo más: nadie puede hacer feliz a nadie a pesar del amor o de los años. Sobre todo del amor. Me gustaría que lo tuviéramos en cuenta para nuestras vidas pasadas.

Y por qué no, si fuimos más de veinte años… 7.300 días cuajados en el tiempo. Un dos tejido en la línea curva de estas manos, que ya conocen la voracidad del fuego. Más de dos kilómetros de piel y estaciones: pura intensidad que de tan nuestra nos enroscaba en forma de escalerita de huesos. Y entonces ya, cavernícolas del otro, nómadas domiciliados en la Ermita Amor, cuidamos y alimentamos como animal de compañía a esa bestia doméstica que otros llamaron rutina. Hasta que el reloj estalló y colmamos.

¿Por qué si recordaba todo el mundo insistía en mi juventud para abatir mis argumentos? No negaré que entonces era demasiado joven; sin embargo, nací con el escepticismo arraigado en las venas y no he cambiado mi forma de sangrar versos. Por eso nunca te creí. A veces lo hacía, a medias, y entonces la tinta goteaba hacia el abismo de tus balas.

Y por qué no, si como dejó escrito el dueño de las palabras “nuestras cosas nos sobreviven” y en ellas te forjé yo para sobrevivirme a mí mismo, para no recordarte. En pequeñas migajas de olvido por horas; en reencuentros fugaces de mente-corazón, de noche de ciudad descalza y en el cartel de “se busca” de nuestra vida cinco estrellas. En tazas, tres veces al día, me bebí la velocidad de tus ojos al irte y escribiendo el cuento de los tres tristes domingos que ya no fueron a dos, colé tus dones.

¿Por qué si eras frágil jugabas a destruir(nos)? Jamás entendí tu afán de superar hasta a los aviones en su vuelo o a las letras en su dolor. Tampoco sé por qué no admitías las derrotas; en lugar de eso, te quedabas mirándome fijamente esperando mi perdón. Y siempre lo encontrabas. Ahora reconozco que “de haberlo sabido, no habría corazón en la garganta”, pero hoy, como tantas veces, llego tarde.

Y por qué no, si aprendí de la necesidad y no del oficio, a espantarme del miedo como si fuese la bruma… Colgando del arnés de mis palabras, poseído de ellas, creía oír una y otra vez un leve aleteo de un “vuelve” que me debías lanzar en sueños. Y con la mañana, me sentaba a la orilla del río irregular de las fotos tu desnudo a verlo vibrar hasta hundirse encontrando la nada: esa cosa hecha de nubes que siempre nos hizo sombra.

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