3.0 Opinion

Más bohemia que luces

Él es nuestro Max Estrella particular. Sí, el personaje más taxativo de la sempiterna obra de Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia, un escritor que se ha quedado ciego y en la miseria, a la vez que disfruta de ser complejo y espléndido. No es otro que el presidente del Gobierno canario, Paulino Rivero. Con artificios, en su más puro estado literario. Lo es por derecho de caballerías en su cruzada contra el Estado, encarnado en el antagonista, el ministro José Manuel Soria, o mejor dicho, Zaratustra, un vendedor de libros de escasa moral; carece de escrúpulos hasta a la hora de estafar a un ciego anciano.

Imagen del ministro José Manuel Soria. / CANARIAS3PUNTOCERO

Imagen del ministro José Manuel Soria. / CANARIAS3PUNTOCERO


Él es nuestro Max Estrella particular. Sí, el personaje más taxativo de la sempiterna obra de Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia, un escritor que se ha quedado ciego y en la miseria, a la vez que disfruta de ser complejo y espléndido. No es otro que el presidente del Gobierno canario, Paulino Rivero. Con artificios, en su más puro estado literario. Lo es por derecho de caballerías en su cruzada contra el Estado, encarnado en el antagonista, el ministro José Manuel Soria, o mejor dicho, Zaratustra, un vendedor de libros de escasa moral; carece de escrúpulos hasta a la hora de estafar a un ciego anciano.

En la obra es uno de los actores más animalizados. Ambos contradictorios, como sus intenciones partidistas e interesadas en una cuestión ecológica fundamental que ha derivado en el interés de uno, en ser recordado como el adalid de la sostenibilidad, y el otro, en el gerifalte que impidió la subversión de la colonia frente al interés de la metrópoli. Mientras, en los altares del oprobio, Dorio de Gádex, Rafael de los Vélez, Lucio Vero, Mínguez, Gálvez, Clarinito y Pérez, es decir, los ciudadanos, quienes asistimos a un ejercicio de democracia propio de un Estado totalitario, donde a los contribuyentes se les exime del derecho a opinar y decidir sobre su  futuro ecológico. ¡Estos de Podemos, que quieren cubanizar el país!

En la interpretación se suman nuevos personajes. Inevitable la insustituible aparición del Pica Lagartos, dueño de una de las tabernas de Madrid que se relatan en Luces de bohemia y magistralmente representado por el presidente de Repsol, Antonio Brufau, que quiere terminar a manera de buen samaritano con el paro en Canarias.

Es nuestro peculiar esperpento. Su razón para establecer los paralelismos que aquí describo es que este género se hizo necesario para buscar un método que se saliese de las normas clásicas y que permitiese reflejar la sociedad desde una perspectiva llana y pintoresca.

Luces de Bohemia, o la crisis de las relaciones Canarias-Estado por el crudo, puede equipararse al duelo (tal como se refleja en el análisis de la obra por parte de los críticos literarios) visto desde donde las criaturas se empequeñecen, lo contrario a la norma clásica creadora de héroes.

Grotesco por apuntarse al carro de la sostenibilidad cuando no se practica. Hiperbólico por la Armada embistiendo lanchas ecologistas con el único objetivo de crear conciencia. Deformado, por no gestionarse con más mano izquierda y civismo por parte de un Gobierno que mide con otro termómetro los derechos y riquezas de las comunidades. Me gusta de Max sus ganas de evitar posibles desastres naturales en las costas canarias. Por el contrario, no acepto que se obvien otras cuestiones que afectan de forma directa a la sociedad del Archipiélago y que merecen una solución inmediata; no valen las cortinas de humo. De Zaratustra no me gusta nada, tampoco su inexistente sensibilidad y pliego a las multinacionales según por dónde vaya reptando la serpiente.

Como siempre, el pueblo divisa desde el gallinero del auditorio una interpretación en la que ha pagado su entrada pero le prohíben aceptar o criticar la creación. Luces de bohemia baja el telón con la muerte de Max. El drama se cierra con un borracho que grita: “¡Cráneo previlegiado!”. En cambio, nuestra intrincada visión de la obra puede terminar con la resurrección de Max Estrella gracias al grito de un operario que recita a los cuatro vientos: “¡No hay nada, Soria; no hay nada, Brufau!”.


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