Leocadio Martín Borges

¿Dónde está el límite?

Llevo unas cuantas semanas reflexionando sobre esto: ¿debe la libertad de expresión tener unos límites? Reconozco que, tras el atentado de París, tuve muy claro al lado de quien había que estar. Y nunca sería en el de los que justifican las muertes o quienes alientan la violencia.

Por esto, y observando mi reacción primaria, fui capaz de vivir en propia carne cómo sentía la amenaza y cómo quería reaccionar, casi de la misma forma ante ella. Duró poco. La expresión de apoyo, el derroche de sentido común y generosidad de la familia de Ahmed, uno de los policías asesinados, y la magnífica portada de Charlie Hebdo me hicieron ser muy consciente de la grandeza del ser humano.

El samurai

Cerca de Tokio vivía un anciano samurai que se dedicaba a enseñar a los jóvenes.

A pesar de su edad corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero conocido por su falta de escrúpulos apareció por el barrio. Era un famoso provocador que poseía una inteligencia privilegiada que le permitía ver los errores y puntos débiles de sus adversarios, y que era capaz de contraatacar con una velocidad fulminante. Este joven e impaciente guerrero jamás había perdido una pelea. Conocía la reputación del samurai y fue hasta allí para derrotarlo y aumentar así su fama.

Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo samurai sorprendentemente aceptó el desafío.

Todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzó a provocar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió la cara, lo insultó de todas las maneras posibles, llegando incluso a ofender a sus antepasados. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo samurai permaneció impasible. Hasta que al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: “¿Cómo pudiste soportar tanta humillación? ¿Por qué no usaste tu espada aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?”

El anciano samurai respondió: “Si alguien se acerca a ustedes para darles un regalo y no lo aceptan, ¿quién se queda con el obsequio?”. “Quien intentó entregarlo”, respondió uno de los alumnos.

“Lo mismo vale para la ira, los insultos, la humillación…”, dijo el maestro.

“Cuando no los aceptamos, se los queda aquel que quería dárnoslos”.

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Llevo unas cuantas semanas reflexionando sobre esto: ¿debe la libertad de expresión tener unos límites? Reconozco que, tras el atentado de París, tuve muy claro al lado de quien había que estar. Y nunca sería en el de los que justifican las muertes o quienes alientan la violencia.

Por esto, y observando mi reacción primaria, fui capaz de vivir en propia carne cómo sentía la amenaza y cómo quería reaccionar, casi de la misma forma ante ella. Duró poco. La expresión de apoyo, el derroche de sentido común y generosidad de la familia de Ahmed, uno de los policías asesinados, y la magnífica portada de Charlie Hebdo me hicieron ser muy consciente de la grandeza del ser humano.

También es cierto que la tremenda pantomima que pudimos observar en la manifestación acordonada de muchos políticos unos días después me llego a resultar repulsiva. Estas cosas hay que cuidarlas mucho más.

Porque todas las vidas valen lo mismo. Y esta es una verdad universal. Aunque no se aplique. Y allí había quienes no parecen pensar en ello.

La dificultad de trazar límites a la libertad de expresión está aquí. Alguien escribió que uno puede hacer burla o mofarse de las elecciones de los demás, pero nunca de lo que los demás son. A priori parece una línea interesante que podría establecerse. Uno no elige tener un determinado color de piel, una nacionalidad o un género u orientación sexual. Pero sí lo hace con su religión o creencias políticas. Fácil, ¿verdad? Entonces ya sabemos qué es aquello que debemos limitar y qué no.

Pero ojalá fuese tan sencillo. Porque no lo es. Tendríamos discusiones interminables con personas que pueden opinar, por más que se lo expliquemos, que uno elige su orientación sexual. Y otros nos pueden decir que no hay sino una sola religión y todos los demás están equivocados.

No pretendo dar una solución. Este es un espacio de opinión. Pero si algo tengo claro es que la libertad básica que un individuo debe tener es la de ser, la de vivir, y hacerlo acorde a su criterio y sus valores, con su dignidad. Y esto es aplicable a cualquiera. Sin distinción.

Por esto, el debate sobre la libertad de expresión se queda ahí, en lo verbal. Simplemente. La influencia o la ofensa están en el otro. Y es la capacidad de perdón la que más firmemente sustenta estos valores.

Leocadio Martín Borges Psicólogo

www.leocadiomartin.com @LeocadioMartin fb.com/LeocadioMartinCambiate

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