3.0 Opinion

La hipocondría masculina

Hace unos días, mi amiga Amparo me llamo con una crisis de ansiedad. En un estado fuera de sí, estaba a punto de tirar su matrimonio por la borda al no poder aguantar más a su marido. Siempre José fue algo alarmista, su hipocondría hasta por el aire que respiraba era más que conocido, de hecho, su médico amenazaba con suicidarse si seguía visitándole o llamándole tan a menudo.

Un día, su hijo pequeño llevó a casa una paloma con el ala rota y su padre entró en cólera al saber que el pobre bicho llevaba en cautiverio hogareño varios días. De pronto, palideció y entrado en un estado de crisis inexplicable, comenzó a decir que tenía los síntomas de la ¡histoplasmosis!

El cónyuge de Amparo se tomaba la temperatura permanentemente. Si un día se levantaba bien, llamaba al médico para preguntarle “que mal padecía para que se sintiera tan bien” decía que los médicos tenían manos de santos, y cierto era, pero unos santos con las arcas llenas. Desconfiando de los de la seguridad social, tuvieron que hacerse un seguro médico privado, así que, los santos con batas blancas, tenían manos mágicas, cada vez que les visitaba, desaparecían muchos euros de su cuenta.

La inevitable vergüenza empezaba cuando llegaban a la consulta y José comenzaba con el recital del moribundo. “me duele aquí, no puedo respirar, he perdido visión, seguro que además tengo algo de neumonía, el otro día hablé con un amigo por Skype y estaba con pulmonía (premio a la paranoia en su máxima expresión).

A menudo tomaba antibióticos, sí estornudase en el autobús, a buen seguro que curaba hasta el personal de la estación.

Cuando salieron de la consulta, algo alicaído le comentó lo débil que se sentía a su esposa y retomo su autodiagnóstico como era costumbre. Mi amiga para sacudir su hipocondría de un plumazo, le dijo:

 

  • No te preocupes cariño, en cuanto nos pasen las facturas de este mes, ¡te curas de una vez por todas!

 

Hace un tiempo, el marido de mi amiga se compró una camioneta, un espacio desaprovechado teniendo en cuenta que no solía salir de casa, Amparo pensaba que lo que más le hubiera gustado, era comprarse una ¡UVI con ruedas!

Cuando hay reunión familiar, se auto medica días antes para aislarse de una confraternización de parientes. Y, cuando toca viajar, que desde la luna de miel han sido dos veces; una, cuando murió la suegra de mi amiga, Dios tenga entretenida a su alma aprensiva y la otra, cuando María, la hija mayor, se graduó. Ahí es cuando José entra en coma emocional, cuando le dicen, ¡abandona la casa!

En cuanto a las labores del hogar, sufre fobia sensible a la escoba. Su mujer debería recordarle qué, de no ayudar, sufriría una inflamación craneal severa por impacto del objeto en cuestión, pero claro, una no puede permitir semejante comportamiento, aunque ganas no le falten…

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