Africa 3.0

Pescado robado

Por Rafael Muñoz

Bebedor y putero, Antoñito que era chato como una mesa camilla lo tenía todo. Vestía ropas que glorificaban todas sus taras físicas; pantalones piratas para un piratilla de la pesca que paticorto y rechoncho, terminaba coronado en un peluquín aznaresco que paradójicamente a babor se le escoraba. Todo un capibara. Trataba a sus tripulantes angoleños como monos y en especias les pagaba: un walkman, un chándal falso del Madrid o cualquier baratija comprada en los bazares de Las Palmas. No firmaba nóminas y tampoco sabía el dinero que tenía amontonado en Caja Huelva. Un miserable cuya novieta, Agostinha, le sacaba dos cabezas y los cuartos a puñados. Una angoleña espigada con más bigote que un cosaco. Toñito era un negrero que poseía una flota de pesqueros que – ilegalmente – arrasaban los caladeros angoleños hace ya unas décadas. Algo tristemente habitual entre la diáspora española de la pesca que por medio mundo se ha llevado hasta las piedras del fondo. Me aspen si miento pues con ellos trabajé.

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La pesca industrial y furtiva es uno de los más discretos expolios naturales que sufre Africa. La carencia de medios para vigilar las aguas territoriales, la corrupción generalizada y la ausencia de escrúpulos de las grandes multinacionales, han convertido la costa entre Agadir y Walvis Bay en un cementerio de pesqueros amortizados y trasbordos [ilegales] en alta mar de todo tipo de especies, protegidas o no. El panorama parece haber cambiado pues estados como Angola, Namibia o Senegal, ya regulan sus aguas en legislación y medios, pero el furtivismo continúa siendo práctica habitual en buena parte del continente.

La destrucción del ecosistema litoral mauritano ejemplariza el modus operandi de los entes de la pesca. Habitualmente, la bajura ha sido el sustento de las comunidades costeras africanas. Una faena artesanal y sostenible que los alimenta y a la par engrasa la precaria economía local. Mauritania, pobre en casi todo, es rica en especies comerciales. La pesca de arrastre y la aspiración [literal] del fondo por grandes buques factorías arruina el lecho pues acaba con todo signo de vida animal y vegetal. La codicia por el cefalópodo de las lonjas holandesas y japonesas, países ejemplares en casa, pero auténticos sinvergüenzas lejos de sus estrictas normativas medioambientales, llevó al pulpo al borde del colapso en las costas mauritanas. Los tristemente famosos factorías de bandera neerlandesa habituales en Las Palmas, caso del Cornelius Vrolijk o el Frank Bonefaas, visitantes habituales de los caladeros al sur de Canarias, ejemplarizan la importación a la Union Europea de miles de toneladas de pescado “legalmente” robado usando sociedades pantallas y entramados legales sostenidos por la corrupción en los países africanos; algo similar ocurrió tras el colapso de la URSS cuya la flota pesquera pasó a manos privadas a precio de saldo y ahora navega registrada en paraísos fiscales al estilo de Belize pescando al límite de la legalidad.

La “jugada” consiste en faenar entre Sierra Leona y Bissau mordiendo el difuso límite del caladero senegalés cuyas aguas sí están reguladas que no las situadas más al sur. Bissau es un estado poseído por la corrupción; un narcoestado donde la pesca ilegal es el menor de los problemas y no digamos ya de cara a la comunidad internacional.

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El pez espada y otros pelágicos son capturados por pesqueros fantasmas. Cascarones registrados en países “invisibles” como Laos o Comoras, pero cuyos armadores y brokers toman el café en Lisboa, Rotterdam o Vigo. Una flota de herrumbre que administrativamente no existe para la O.M.I – Organización Marítima Internacional – que transborda la carga, pescada en aguas territoriales, a buques frigoríficos en aguas internacionales. Una golfada al anonimato de la noche y la alta mar.

Los españoles son muy buenos en esto; las cárceles australianas suelen recibir patrones a los que les compensa la multa a cambio de lo que los armadores chinos les pagaron por violar los tratados de pesca. Algo similar ocurría en Namibia, Sudáfrica y Mauricio hasta hace pocos años…y es que aún recuerdo al tangonero Atleti y su patrón barbudo que en Durban me decía: “·…ahora pasaré unas semanitas detenido en Port Louis pero con lo que gané, un año sabático a lo grande”. Algo similar ocurre con las pulcras normativas pesqueras en aguas de la Union Europea; la ley del embudo cuando se trata de caladeros no comunitarios.

Revisar la procedencia de las latas y el pescado que compramos es inútil pues las multinacionales eliminan el rastro del llamado stolen fish o pescado robado. Mucho marisco etiquetado bajo Galicia calidade procede del Golfo de Guinea y Mozambique; donde se pesca y embala como producto local y, una vez en las lonjas de Marín, se reembala como producto galego. El langostino tigre de tamaño cero, el más grande, pescado en aguas de Costa de Marfil, hace años se extinguió por la sobrepesca y ahora lo pagamos, a precio de langostino, por una especie de gambón al que se le inyectan melacides para darle viveza, sabor y volumen. ¿Se han parado a pensar que hay detrás de esos medallones de “merluza” blanca de El Cabo que compran en el mercadoña? Aunque su pesca sea legal, está lejos de ser merluza. ¿Recuerdan aquel estallido de la piratería en Somalia? Por no hablar de tráfico de aletas de tiburón; aún recuerdo en Walvis Bay – Namibia – aquella señora y sus sobres repletos de billetes para que se acabará la carga en hora; la misma que en Vigo nos esperó con dos chinos y dos camiones frigoríficos matricula de Croacia…en fin. Una de las teorías se sustenta en que eran simples pescadores cuyo ancestral modo de vida se vio arruinado por la pesca industrial e ilegal en sus aguas viéndose obligados a asaltar barcos para dar de comer a sus familias. Cierto o no, los entiendo.

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Más allá de esquilmar los caladeros, la sobrepesca con grandes buques factorías tiene una segunda derivada  para las comunidades costeras. Al embalarse las capturas a bordo, las multinacionales del pescado no invierten en conserveras de procesado en tierra; esto deja a los pescadores sin peces y en paro. La situación se ha ido regulando y países como Namibia, cuyos caladeros son muy codiciados, exigen que las capturas sean descargadas en puerto para su procesado; generando así puestos de trabajo e ingresos indirectos. Algo similar ocurre en Mauritania, Marruecos y Senegal; aunque el caso del Reino Alauí, requiere de un estudio profundo pues es la conservera de la Union Europea y a esta la tiene subyugada a sus mil caprichos ejerciendo alguno de sus muchos chantajes; siendo el pesquero uno de los más efectivos.

El entramado de la pesca ilegal nada tiene que envidiar al de las corporaciones de la alta joyería tipoDeBeers o las multinacionales de la telefonía móvil que compran el coltán a los intermediaros del llamado oro gris congoleño. No hay firma que quiera verse salpicada por la sobreexplotación y el expolio en el tercer mundo y, más en estos tiempos donde todos, desde la comodidad de nuestra infantil ciber-vida, estamos tan “implicados” con las desigualdades.

1 Comentario

1 Comentario

  1. Fernando Ibáñez

    16 febrero, 2017 en 12:09

    Magnífico artículo, que refleja una realidad poco conocida y divulgada por los medios de comunicación. Enhorabuena al autor y al medio.

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