Africa 3.0

Viajar en autobús por África occidental

La gente se apelotona. Siempre. Incluso cuando parece que el lugar está vacío empieza a salir de la nada a la mínima percepción de que el autobús parado e inerte va a recobrar en poco la vida en torno a él y que sólo significa una cosa: antes o después saldremos hacia el destino. Pero hay dos momentos claves. El primero es el momento en que empiezan a identificar el equipaje de cada pasajero. En ocasiones hay quienes llevan horas esperando con varios bártulos (algunos enormes) frente al vehículo y en otras, aparecen, como decía antes, de la nada. Los muchachos u hombres encargados de tal tarea revisan el número del billete de cada pasajero y en cinta adhesiva indican el número y la destinación de cada bulto. La idea es que todo esté registrado y no se pierdan. El segundo momento clave es la llamada. Si creías que erais suficientes, en ese instante te das cuenta de que sois demasiados. Una media de entre 50-60 pasajeros. Ningún asiento va a quedar libre. Pero esas personas no son cualquiera, son tus compañeros de viaje de un trayecto que puede durar entre 10 y 24 horas e incluso dos o tres días en función del país en el que te encuentres y al que te dirijas.

Un señor perteneciente a la compañía de autobuses se posiciona o bien en las escaleras de la puerta principal, o bien en las escaleras de la segunda puerta o, cómodamente, en uno de los asientos del interior del autobús y asomado por la ventana con una lista grita:

-¡¡Boubacar Traoré!! – por ejemplo. Y la persona citada sube y elige asiento. Algunas compañías son realmente caóticas y desordenadas pero, por norma general, si quieres elegir un buen sitio y no entrar de los últimos y quedarte con “las sobras” lo ideal es comprar con varios días de antelación el billete y así estarás entre los primeros de la lista.

-¡¡Aminata Konaté!! – vuelve a gritar el conductor. Y Aminata levanta el brazo, o grita “presente”, “aquí” o “c’est moi” (soy yo), o se mueve entre la muchedumbre dejando claro que es ella. En los países francófonos de África occidental a este momento se le llama “l’appel” (la llamada), todo el mundo se amontona en un semicírculo en torno a la puerta por la que se esté entrando y una vez que te llaman tienes que abrirte paso de la manera que consideres más oportuna para llegar al tan ansiado, sobre todo cuando es de día y hace un sol que quema, destino: la puerta.

Viajar en autobús en África occidental es una de las mejores formas de acercarse a la cotidianidad del continente. Si lo deseas, puedes hablar con tus compañeros de viaje, discutir y hacer amistades o puedes encerrarte en tu propio mundo, y dedicarte la tonelada de horas que quedan mirando por la ventana un paisaje que, tras varios viajes –e incluso horas-, es monótono: grandes explanadas, muchas acacias, algunos baobabs, muchas bolsas de plástico negras, algunos pueblos de adobe y otros de ladrillos y aluminio. Ambas opciones son posibles en un autobús en esta zona del planeta.

Public Transportation on African Road

Public Transportation on African Road

En algunos más y en otros menos, pero en todos los viajes que supongan el paso de un país a otro, los pasajeros llevarán no sólo los bártulos que guardan en el maletero inferior del vehículo, sino otros tantos que irán buscando su hueco, como si de un rompecabezas se tratase, entre los asientos. Si ya de por sí el espacio personal queda reducido a su mínima expresión, habrá veces que alguno de esos sacos, bolsas, maletas, irrumpa debajo de donde deberían posarse tus pies y, si no queda más hueco donde colocarlo, no te quedará otra que encontrar las posturas que nunca creíste que pudieran existir, para unos viajes que suelen durar más de 20 horas.

La imagen mental que puede crearse a alguien que desconoce esta realidad es de un autobús antiguo, como se muestran muchas veces en las películas. Estos existen pero se suelen utilizar para transportarse dentro de cada país. Para los viajes internacionales, no es así. Se trata de autobuses como los que se utilizan en España/Europa, que incluso tienen aire acondicionado y televisor. La normal general es que un autobús que viaja de un país africano a otro tantas horas tenga aire acondicionado. Y televisor. A diferencia de en España, donde cada uno encuentra en su asiento dónde enchufar sus cascos para poder escuchar la película de turno, si le apetece, en África occidental ver la película es imperativo para todos los viajeros. Y no porque te obliguen a mirarla sino porque el sonido lo suben tan alto que es imposible no seguirla, aunque no se comprenda absolutamente nada, sobre todo cuando está en un idioma local. Además, en lugar de ser películas o series que puedan resultar atractivas, suelen ser en la mayoría de los casos molestas para un occidental, pues en el 99% de ellas los protagonistas se gritan (muy muy fuerte) entre ellos por los temas clásicos de las telenovelas: infidelidades, mentiras… Y lo peor: es que no te enteras de nada. Salvo que, con suerte, tu compañero/a de viaje te traduzca mientras él/ella se ríe y, a diferencia de ti, sí disfruta del visionado.

Una escena muy clásica en los viajes en autobús por África occidental son las muchachas, muchachos y mujeres que invaden (literalmente) el vehículo cuando este se para en algún lugar, ya sea para recoger pasajeros, hacer un descanso u otros. Suelen vender frutas, galletas, tarjetas SIM para los teléfonos, bastoncillos, chicles, pañuelos de papel e incluso carne, como cordero o pollo. Pero muchos viajeros ya llevan comida preparada de casa, sobre todo las mujeres. Y no solo para ahorrar en gastos de viaje o para evitar contratiempos como que, por ejemplo, no les guste nada de lo que puedan encontrar en el camino, sino también para evitar ponerse enfermos si alguna de las mercancías que les ofrecen no se han cocinado o conservado en las condiciones higiénicas necesarias.

Algo que puede llamar la atención en el primer o primeros viajes en este tipo de vehículo en esta zona del planeta es que los asientos están forrados con plástico. No es que estén nuevos sino que es la manera de protegerlos. Un muslo de pollo por aquí, las manos grasientas tras haber comido, el agua o el zumo que se derrama, el sudor…

Viajar por tierra también supone parar en los puestos fronterizos, en los que la policía intentará sacar su parte aunque tengamos visado. (Lo mejor es insistir en que ya se pagó en la embajada y sonreír mucho). También en las aduanas, donde si al aduanero le apetece molestar hará sacar del maletero todas las maletas y bultos y abrir uno a uno. Si no le apetece molestar o que le molesten pedirá una pequeña cantidad al conductor o una cantidad mayor que se obtendrá cotizando una pequeña entre todos o la mayoría de los pasajeros. Y, por último, también podrán encontrarse puestos fronterizos inventados por militares para sacarse un dinero extra. (Hay también hay que insistir mucho y sonreír –y hablar de fútbol…-)

Tras horas en el autobús la incomodidad será mayor, posiblemente odiarás al plástico, compañero inseparable (literalmente), el vehículo comenzará a oler a comida y otros olores que preferirás no saber de dónde salen, y las posturas inventadas para buscar el confort se habrán acabado. En las paradas para descansar, la intimidad buscada para orinar en mitad del campo habrá desaparecido. Conocerás a una buena parte de tus compañeros de viaje, saludarás a algunos de ellos y les preguntarás cómo están cada vez que los cruzas. Hasta llegar a destino. Entrando a la estación de autobuses, buena parte de los viajeros se pondrá de pie para abrirse paso de la manera que consideren más oportuna para llegar al tan ansiado destino: la puerta.

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