América

Un caraqueño de 10 años que pide un país normal

Mi hijo de 10 años duerme mientras yo procuro ordenar ideas y buscar respuestas a sus preguntas insistentes, tras cada apagón.

Tenemos 3 días sin servicio eléctrico. En la “potencia petrolera” suramericana, hemos vivido apagones desde el 7 de marzo. El pasado 25 de marzo hubo otra falla que dejó sin luz a todo el país.

Sin electricidad vienen los otros problemas. No hay agua y tampoco hay forma de comprar alimentos sin efectivo y sin banca electrónica.

¿Cómo le explico a mi hijo  por qué este no es un país normal? ¿Cómo le explico que tiene muchos días sin clases porque no hay agua y no hay luz? ¿Cómo le cuento que Simón Bolívar liberó a este país,  para que 200 años más tarde viniera un chófer a jodernos de esta manera? ¿Cómo se le explica a un niño de 10 años que el futuro en este rincón del norte del sur se ve cada vez más oscuro?

Ha sido ya muy difícil explicarle que su cereal favorito desapareció de los estantes de los supermercados porque la empresa que lo fabricaba cerró y se fue del país. Ha sido triste  despedirse de sus amigos que, año tras año, dejan el salón de clases porque sus padres decidieron emigrar a otros países. Ha sido duro para él acompañarme a hacer filas para comprar alimentos o medicamentos para sus abuelos.

Lloró mares cuando su tío favorito emigró y nos dejó con el corazón roto a todos y nunca una videollamada, ni un mensaje por Whatsapp sustituye un abrazo.

¿Cómo le explico a mi hijo de 10 años que este país perdió la normalidad y que pareciera muy lejana la posibilidad de retomarla?

El sábado se puso triste porque teníamos la invitación a una fiesta de cumpleaños, pero se suspendió porque no había luz, ni agua. Ya ni los cumpleaños se pueden celebrar, ¡hasta eso nos quieren quitar!

Su pregunta insistente en este último mes, tras el evidente y notorio colapso de los servicios básicos, ha sido ¿por qué no nos mudamos a un país normal? Y yo le vuelvo a contar que siempre desee que fuese venezolano, que su gentilicio fuese de aquí, que jugara en estos llanos, en los parques, que volara papagayos en una sabana, que amara el Avila tanto como lo amo yo, y que respirara el caribe en la piel.

Pero me insiste en su inquietud y responde: “Mami, pero yo amo este país, pero quiero agua y luz y quiero ir a clases normal. ¿Podemos mudamos a un país donde tengamos agua, luz y clases?”

Increíble que mi hijo sólo pida normalidad y paz para disfrutar del país que lo recibió y que, aunque sus pasos se alarguen a otras fronteras, esta siempre será su casa, aquí siempre tendrá su hogar.

A lo lejos, en la oscura noche caraqueña, se escuchan cacerolas y desde un balcón alguien grita: “¡Maduro!” y la respuesta al unísono del resto de los balcones “¡Coño e´Tu Madre!

 

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