América

Cuba: Otro período especial

Cuba, Fidel Castro, 1978

Después de vivir en los años 90 aquella situación tan difícil y a la que Fidel Castro llamó “periodo especial” (ponerle y cambiarle nombre a todo era su mayor virtud), los peores tiempos en Cuba han vuelto. En 1989 se derrumba la U.R.S.S. y todo el campo socialista. En un discurso de tono grave, transmitiendo preocupación y tristeza, el Comandante nos hace partícipes del acontecimiento, quizás muchos no fueron capaces de calcular hasta dónde llegaríamos. Éramos mantenidos por la U.R.S.S., el incompetente gobierno cubano y su economía centralizada eran incapaces de generar ganancias. Las empresas daban pérdidas, al menos las pequeñas y medianas. Las grandes empresas lo desconozco, esos datos son secretos.

Desaparecieron los alimentos, se afectó mucho más el transporte, sufrimos apagones de gas, agua y luz. Era imposible disfrutar de los tres servicios a la vez: cuando ponían uno, quitaban el otro. Caminábamos calles cargando cubos de agua, horas caminando intentando encontrar algo para poner en la mesa y, sobre todo, estábamos pendiente de los horarios de los apagones. Ante las quejas de la población comenzaron a publicar en la prensa qué zonas y a qué horas serían las afectaciones. Mirábamos el reloj todo el tiempo, los nervios estaban a flor de piel y la lucha por la supervivencia pasó factura a la salud de los cubanos.

Además de todas estas dificultades, Fidel comenzó con lo que llamó “la guerra de todo el pueblo”. Como ya no contábamos con la protección de la U.R.S.S., el Comandante anunció que seríamos invadidos por los americanos y debíamos estar preparados. Realmente a esto la población no le prestó mucha atención, pero los “planes” del Comandante vinieron a complicar más las cosas. Ordenó hacer planes de evacuación, construir refugios, hacer simulacros de alarma aérea…De muchas de estas cosas nos reíamos, otras nos molestaban y algunas producían pavor.

Explico lo que viví. Sabíamos casi con certeza que los americanos no invadirían Cuba, pero en cada calle colgaron de una soga las llantas de camiones inmensos y una persona designada por el partido la golpeaba cada domingo a las 8 de la mañana para hacer el simulacro de evacuación. El único día que no teníamos presión de horario de trabajo y escuela nos hacían levantar temprano porque debíamos estar preparados para la guerra. El mismo “compañero” que le daba con el hierro a la llanta nos hacía preguntas: debíamos saber cómo era el plan de evacuación de nuestra calle.

En nuestro caso era ridículo y absurdo. Desde un barrio de La Habana nos trasladarían a un pueblo de Las Villas, nos iríamos mujeres, ancianos y niños, nos llevaríamos todo lo de las escuelas, porque al parecer al campo no llegaría la guerra, era solo en La Habana. Nos llevarían en tren, los hombres estarían todos armados y luchando, sin evacuarse con nosotros. Estarían donde “la patria los necesitara”. Esto duró meses, hasta que la gente se cansó y ya ni salía de sus casas con la alarma.

Lo realmente preocupante resultó ser la construcción de los refugios. En las escuelas, en todos los barrios, cavaron túneles y también hacían simulacros. Jamás entré a ninguno. Aquello estaba hecho con trabajo voluntario, sin ningún conocimiento de arquitectura, carecían de agua y de luz, pero lo más preocupante era que tenían una sola puerta. No se podían abrir por dentro, alguien debía cerrar y abrir por fuera. ¿Eso era para protegernos o para encerrarnos?

Esto sí que nos tuvo alarmados algún tiempo. Recuerdo que en el patio de la escuela de mi hijo menor cavaron ese túnel soterrado. Cuando llovía se inundaba y, una vez seco, hacían esos simulacros. Pude lograr que su maestra me dijera qué días serían los simulacros y decidí que ese día no asistiría a clases. Era muy pequeño y no lo recordará, pero lo que sí recuerda es que con cinco años lo llevaban a un campo de tiro, les enseñaban a disparar. Mi hijo mayor sabía cómo escabullirse y no entrar al refugio que estaba a una calle de su escuela.

Nadie es capaz de imaginar el insomnio, el estrés, las vicisitudes que padecimos. Aumentaron los balseros, la policía se trasladaba en bicicleta, el carro patrullero aparecía para llevarse a alguien detenido. En cada apagón aparecían carteles en contra de la dictadura, se hicieron caceroladas y protestas cívicas. Recuerdo un llamado a vestirse de blanco todos los domingos y realmente la gente lo hacía. Aparecían proclamas y, ante ellas, más represión, pero estábamos y estamos solos en una isla cárcel.

Hoy Cuba está de nuevo en “periodo especial”. No por el bloqueo, ni por el imperialismo, sino porque Venezuela no puede enviar la cantidad de petróleo que hasta ahora le regalaba a la dictadura. Cuba se paraliza, la miseria aumenta y ya Raúl Castro, mal imitador de su hermano, ordena prepararse para la “guerra de todo el pueblo”, que traducido al lenguaje cubano quiere decir la guerra contra todo el pueblo. Teme un alzamiento y pretende enfrentar a los cubanos, pero no creo que lo logre.

Ata cualquier cabo suelto: ha destituido al General de División Humberto Omar Francis Pardo, que era jefe de la Dirección General de Seguridad Personal (DGSP), y en su lugar ha colocado a su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro. Sin temor a equivocarme, al nieto preferido del anciano dictador el pueblo lo ha rebautizado como “el nieto en jefe”. Ahí está el niño, altanero y prepotente como su abuelo y tío abuelo, con mucho afán de protagonismo. Lo vemos en todas las fotos con Raúl y Díaz-Canel no decide nada. Siguen mandando los Castro.

En la calle el dólar se dispara y todos quieren cambiar las monedas sin valor que ha inventado la dictadura. Los precios de transporte y alimentos son demasiados elevados, el gobierno sube los precios y pretende controlar el de los cuentapropistas. Cuba, una isla de sol y no han sido capaces de dejar atrás el petróleo. Los paneles solares no existen. Sesenta años perdidos, estancados y vuelta a lo mismo, pero ya el pueblo no es el mismo, ni está “el adorado líder”.

Sólo deseo que no se pierda ni una vida más en Cuba y que este mal trago pase cuanto antes. Ver a tanta gente sufrir porque una familia quiere el control de un país es muy doloroso. Mezcla de rabia e impotencia.

Así lucen las calles de La Habana, una ciudad paralizada:

 

 

(*) Fotografía de Marcelo Montecino, CC BY-SA 2.0.

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