Africa 3.0

Las playas agonizan

Grand Bassam, playa en Costa de Marfil

Delante de mí pasa una ave grisácea. Da pequeños saltos sobre la arena. Hay algo raro en su forma de desplazarse. La observo un momento. Avanza junto a la línea donde las olas rompen sobre la arena de la playa. Me levanto de la silla que ocupo. Me acerco un poco. El animal se asusta y emprende el vuelo. Es entonces cuando observo unos plásticos verdes, una especie de malla, enredada entre sus patas. Se las mantiene casi unidas. De ahí la torpeza de sus pasos. Cuando se posa sobre la orilla, un poco más adelante, reanuda su extraño caminar. Vuelvo a aproximarme. Ella se eleva de nuevo y huye lejos. Se frustran mis ganas de ayudar y liberar al pájaro de su tormento.

Estoy en la playa de Grand Bassam, un pequeño paraíso a las puertas de Abiyán, la gran ciudad de Costa de Marfil. Palmeras, arenas y pequeños restaurantes que se prolongan hasta fundirse con el horizonte. La mar está gruesa y los pescadores se han quedado en sus casas. Los más jóvenes aprovechan para entrenar o jugar un partido de fútbol. Llueve mucho estos días, diríamos que diluvia, aunque no toque en esta época del año. Hoy ha descampado por algunas horas. Brilla el sol de la tarde y pesa la humedad.

La playa está plagada de botellas, bolsas y tapones de plástico, restos de chanclas, maderas, vidrios, trozos de tela, algas muertas, hojas de palmera abatidas por el viento…Cada mañana, con la salida del sol, algunos jóvenes barren y adecentan la arena. En pocas horas se vuelve a llenar de desechos y ellos regresan a limpiar en la espera de que lleguen algunos clientes que se sienten en sus negocios y consuman alguna bebida. Así día tras día. Como si Sísifo se hubiera reencarnado en las orillas del océano Atlántico.

“Es la basura que llega de Abiyán”, se quejan algunos de los limpiadores. “Allí todo se tira al mar y las olas lo transportan hasta aquí”. Se supone que existen leyes que prohibirían esas acciones y las penalizarían. “Sí” -contesta un joven que se apoya, momentáneamente, en su rastrillo-, “pero nadie las cumple”. “¿Y aquí, las cumplís?” -se le pregunta. “Claro que sí”.

Sin embargo, la observación de la realidad arroja una escena diferente. Parece normal que los habitantes de las casas cercanas a la playa acudan a ella para defecar. Que los que barren delante de sus residencias caminen hasta allí para vaciar los recogedores improvisados con trozos de cartón o latas viejas. O que las botellas de plástico de los refrescos o de vino francés que se consumen en los pequeños restaurantes y bares se dejen caer sobre la arena y, al final de la jornada, terminen olvidadas allí.

Cuando se indaga sobre la implicación de las instancias locales, regionales o nacionales en la lucha contra esta plaga, uno se encuentra con un vacío lleno de buenas voluntades, de planes bien diseñados, de iniciativas pioneras y mucha desidia o falta de recursos, de capacidad o de deseo de ejecución. Bonito papel mojado, en definitiva.

Al final, se adquiere la casi certeza de que nadie es inocente en este crimen medioambiental. Construcciones indiscriminadas o estructuras improvisadas que invaden las playas y arrasan palmerales y bosque se disputan el escaso espacio con las basuras que se acumulan constantemente. No se intuye un final cercano a esta realidad.

Esta es una situación que se observa, con bastante frecuencia, a lo largo de los litorales africanos. No es de extrañar que todo esto genere grandes dosis de frustración y  que haga surgir la sospecha de que una fuerza oculta se empeña en destruir el paraíso ante la pasividad de los que podrían frenarla.

Fotografía: Jack

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