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Libia, difícil arreglo

Trípoli, Libia

La paz en Libia se resiste. Los esfuerzos internacionales para superar el conflicto se estrellan una y otra vez contra la obstinación de los dos líderes enfrentados a seguir matándose para controlar el poder. Desde la desaparición de Muanar el Gadafi, cuyas consecuencias no fueron previstas por los Estados Unidos, los libios no han vuelto a conocer la paz. Gadafi era un sátrapa impresentable, como todos los de su especie, pero tras su muerte le está haciendo bueno todo lo que ha venido tras él.

El conflicto responde a muchos intereses foráneos, no sólo a las pugnas internas. Es uno de esos países atormentados por la llamada maldición del petróleo que albergan sus costas y subsuelo en grandes cantidades. Y, quien más quien menos, son muchos los que intentan aprovecharse para sacar tajada del enfrentamiento entre el llamado Gobierno de Unidad Líbia, presidido por Fayed el Serraj, reconocido oficialmente por la ONU, y el mariscal  Jalifa Hafter, que controla tres cuartas partes del territorio.

Ambos cuentan con apoyos extranjeros que les facilitan proveerse de armas a cambio de concesiones petrolíferas en sus dominios. Serraj dispone de una buena parte de lo que queda de las Fuerzas Armadas que se mantienen leales desde Trípoli, la capital. Por su parte, Halfter se apoya en las fuerzas tribales, algunas enfrentadas entre sí, que continúan cada vez más activas en las provincias. El territorio controlado por el presidente legítimo cada vez se está viendo más reducido.

Las fuerzas de Halfter han lanzado fuertes ataques contra la capital, a la que tienen como su objetivo y mantienen prácticamente cercada. Todos los esfuerzos por ponerles de acuerdo en una solución que termine con a los enfrentamientos que ya han dejado millares de víctimas en Libia han chocado con la hostilidad de ambos a ceder en sus exigencias máximos. Incluso los mediadores, como el presidente Putin, que consiguió reunirles, han tenido que renunciar a la intermediación que se proponían.

Estos días atrás, varios jefes de Gobierno, entre ellos los de los países más afectados, como Rusia, Turquía, Egipto o los Estados Unidos, en este caso representado por el secretario de Estado, se reunieron en Berlín bajo los auspicios de la canciller, Angela Merkel. Aunque se despidieron anunciando algunos acuerdos diplomáticos, en la práctica el resultado, al menos inmediato, ha sido mínimo: promover un alto el fuego provisional y un compromiso de no proporcionar armas a ninguna de las dos partes.

Los dos líderes del conflicto en Libia permanecieron en Berlín mientras los jefes de gobierno debatían la situación que protagonizan. Pero no asistieron a las reuniones, ni tuvieron protagonismo directo ni hay constancia de que mantuviesen algún contacto secreto. No consta que los tibios acuerdos logrados cuenten son su asentimiento, lo cual hace que no se les preste especial importancia. Algunos expertos opinan que se trataba sólo de una fórmula para salir del paso. Un alto el fuego sin estar de acuerdo las partes beligerantes suele ser inútil.

Parece muy difícil que especialmente las fuerzas al mando del mariscal Halfter, las más agresivas, respeten mucho tiempo el alto fuego decretado desde el exterior. El embargo de armas sí puede ser más eficaz, aunque las posibilidades que existen de proveerse de ellas en el mercado clandestino cuando se tiene dinero para pagarlas tampoco ofrece demasiadas esperanzas de que sea una medida decisiva.

El empeño en avanzar hacia la solución del enfrentamiento interesa de manera especial en la Unión Europea, tanto por la proximidad geográfica como por el temor de que en medio del caos reinante el yihadismo siga aumentando y, por lo tanto, su amenaza. Además que, de manera discreta,  países tan importantes como Francia e Italia tienen sus simpatías y apoyo divididos, lo cual también es un problema para la política exterior común. Todo sin olvidar que Libia, además de exportador de crudo, es el principal centro de concentración de emigrantes subsaharianos esperando oportunidad para dar el salto a Europa.

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