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La inestabilidad crónica de Guinea-Bissau

Escena en Guinea-Bissau

Guinea-Bissau no consigue la estabilidad política necesaria para la mejora de su economía y la tranquilidad de sus habitantes. La tensión crónica en que vive la antigua colonia portuguesa prácticamente desde que obtuvo la independencia, en 1974, ha vuelto a aumentar en las últimas semanas. En ese tiempo, llegó a haber dos presidentes, dos primeros ministros y movimientos militares que despertaron el temor a un golpe de Estado, cuya amenaza sigue latente.

Umaro Sissoco Embaló, ganador en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales celebradas hacía tres días, no esperó a que el Tribunal Superior de Justicia revisara las impugnaciones y  avalase su victoria -recurrida por el candidato opositor- y el día 27 de febrero se proclamó presidente sin el respaldo parlamentario. Ese día tomó posesión de manera simbólica como anticipó, en un acto celebrado en un hotel de la capital, en presencia del presidente saliente, José María Vaz.

Pero unas horas después, 52 diputados de la Asamblea Nacional, entre ellos algunos del PAIGC -el antiguo partido que encabezó la lucha por la independencia junto a la de Cabo Verde y se mantiene en el poder desde entonces- encabezados por el rival de Sissoco Domingos Simóes Pereira, considerando que la Presidencia estaba vacante, en una sesión nocturna de emergencia nombró jefe del Estado interino a su presidente, Cipriano Cassamá. Así, el país se encontró durante dos horas con dos presidentes. Cada uno comenzó a ejercer sus funciones de manera inmediata.

Umaro Sissoco destituyó al primer ministro de Guinea-Bissau, Arístides Gomes, y a todo su Gobierno, y nombró para el cargo a Nuno Gomes Nabian. Pocas horas después, fuerzas militares se desplegaron por las calles, ocuparon los centros del poder, ministerios, edificios oficiales y la televisión y la radio. Todo ello, según testimonios recogidos de periodistas locales, ante la relativa pasividad de los ciudadanos, reveladora de la costumbre a situaciones parecidas que se ha adueñado de la población del país.

Ante la gravedad de la situación, Cipriano Casamá, que aseguró haber recibido amenaza de muerte, alegando razones de seguridad personal y familiar, transcurridas cuarenta y ocho horas presentó la dimisión. La espera en el desarrollo de los acontecimientos continúa manteniendo la incertidumbre. Oficialmente todo está a la espera de que se resuelvan las discrepancias entre el Tribunal Supremo de Justicia y la Comisión Nacional de Elecciones sobre el resultado electoral.

Umaro Sisocco y su primer ministro, Nuno Gomes, se han venido haciendo con las riendas del poder, aunque sigan sin ser confirmados oficialmente. Las informaciones que llegan desde Bissau, la capital, coinciden en que la tensión continúa en los ámbitos políticos, la normalidad se ha restablecido en las calles, las escuelas están abiertas y la Administración funciona de manera irregular. Los militares se han retirado a los cuarteles y apenas en la noche se mantienen patrullas en el centro de la ciudad.

Los analistas con conocimiento directo de la situación caótica que se viene generando desde hace años en Guinea-Bissau opinan que esta hunde cada vez más al país en una crisis en la que es el narcotráfico el factor que más contribuye a la evolución económica y a la generación de trabajo bien remunerado. Una buena parte del millón seiscientos mil habitantes con que cuenta el país viven en la pobreza, las demandas de ayuda exterior tropiezan con la incertidumbre política y las inversiones internacionales son nulas ante las escasas perspectivas de desarrollo.

Los servicios públicos sufren las consecuencias de la escasez de recursos, el descontrol presupuestario y la corrupción que campea en todos los ámbitos. A la gente apenas le queda el recurso limitado de colaborar con el narcotráfico, que encontró en el territorio su base más segura para llegar a Europa, o de la emigración, con las dificultades que comporta. El nuevo presidente, en cuanto se defina su identidad, tiene enfrente un duro desafío.

Recuperar la normalidad institucional y política en Guinea-Bissau es fundamental para acabar con las tensiones que crean los frecuentes movimientos militares y, por supuesto, la falta de entendimiento de los partidos enfrentados por las diferencias personales y las ansias de poder de sus líderes. Unos líderes que han olvidado que nada es más urgente que recuperar la paz que continuamente parece amenazada. En este punto la opinión general es que las organizaciones supranacionales, empezando por las africanas, tienen que volcarse en ayudar en la restauración del sistema democrático y en la mejora del nivel de vida de los habitantes.

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