Africa 3.0

Libia, la otra guerra entre la pandemia

Libia

Foto: Abdul-Jawad Elhusuni

Si puede decirse que la terrible pandemia de coronavirus aportó algo bueno —después de cobrarse tantos cientos de miles de muertos— ha sido calmar los ánimos bélicos de algunos guerreros y congelar varias contiendas menores que todavía seguían agitando determinadas regiones del Planeta, en su mayor parte de África. Pero solo en Libia los estruendos de los cañones siguen rivalizando ante el miedo de la gente con las cifras de víctimas que la COVID-19 sigue acumulando en las morgues.

La vieja disputa por el poder que dejó vacante la muerte de Muamar el Gadaffi, no ha cesado ni lleva camino de parar. Todos los esfuerzos internacionales empeñados en poner fin a aquella situación han fracasado. En enero pasado varios dirigentes mundiales se reunieron en Berlín convocados por Angela Merkel y acordaron ordenar un cese de los enfrentamientos en torno a Trípoli, la capital. Y el embargo internacional de armas. El acuerdo era endeble y enseguida ha demostrado que inútil.

Los dos bandos combatientes son el Gobierno reconocido oficialmente por Naciones Unidas, sustentado por el GAN —Gobierno de Acuerdo Nacional— y encabezado por el presidente Fayez Serrat, y el Ejército Nacional e Libia (ANL), liderado por el mariscal Khalifa Haftar, que controla la región occidental del país y una parte de la costa rica en petróleo. Cada uno de los bandos cuenta con apoyos exteriores, más o menos explícitos: El GAN fundamentalmente de Turquía y de manera indirecta y sin implicarse, con Francia.

El ANL recibe ayuda de los Emiratos árabes Unidos, Jordania y Egipto además de contar con la colaboración de tropas consideradas mercenarias de Rusia, Sudán y Chad, aparte la simpatía indisimulada de Italia explicada por intereses económicos. Unos meses atrás Haftar, apoyado por algunas de las milicias locales que han surgido por todo el país, lanzó u fuerte ataque contra Trípoli. Todo parecía indicar que tanto la capital como el Gobierno caería en cualquier momento.

La situación militar cambió de manera bastante elocuente cuando llegaron tropas turcas con abundante armamento —incluidos drones— cuya entrada en acción enseguida consiguió frenar el avance. El Ejército de Haftar a duras penas logró mantener durante algunas semanas las posiciones conseguidas, pero a final tuvo que retroceder, lo cual le supuso la pérdida de localidades costeras tan importantes como Sabhratha y Sermon. El enviado de la ONU para mediar en el conflicto, Ghasai Salami, dimió alegando que su salud no le permitía aguantar más.

Actualmente Haftar se mantiene a setenta kilómetros de Trípoli y conserva el control de la ciudad en Sirte, una posición estratégica muy importante desde la cual sigue intentando abrir nuevas vías de ataque para romper el cordón que gracias a los turcos existe en torno a Trípoli. Aunque en alguna medida la situación ha cambiado un poco, la guerra continúa con combates diarios que siguen incrementando el número de víctimas.

Además de los dos bandos enfrentados por la conquista del poder central, en otros lugares del tan extenso país siguen librándose enfrentamientos entre milicias locales, muchas veces de carácter trivial. A lo largo y ancho del territorio reina el caos, pero un caos agravado por la abundancia de armas que dejó el fallecido coronel Gadaffi.

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