3.0 Opinion

Petróleos de Venezuela con plomo en el ala

PDVSA

La potencia petrolera suramericana no tiene gasolina. Los venezolanos pasan horas y días enteros en fila para tratar de surtir combustible. Esto no tiene ninguna explicación lógica. Lo único que podría ayudarnos a entender el porqué de este caos es revisar el mal manejo de Petróleos de Venezuela (PDVSA) en los últimos años.

Recuerdo que cuando yo era niña trabajar en PDVSA era símbolo de estatus. Era la empresa más importante del país, pues escogían muy bien al personal, lo formaban, cuidaban y le facilitaban hacer carrera dentro de la empresa. Sus instalaciones siempre estaban impecables. Sus beneficios laborales eran los mejores, y también eran los mejor pagados.

Luego con el chavismo eso comenzó a cambiar, pero cuando llegó Maduro las renuncias masivas a la empresa se convirtieron en la rutina diaria.  PDVSA perdió su principal capital, que eran sus trabajadores preparados y conocedores de un mercado nada fácil.

Antes de la cuarentena me tomé un café con un gran amigo ingeniero de PDVSA.  En ese momento me advirtió que nos quedaríamos sin gasolina y se cumplió. También me dijo que la empresa estaba quebrada y que su recuperación tardaría un mínimo de un año para volver a producir lo que se tenía antes, pero que la recuperación de su personal comprometido y profesional tardaría muchos años…

Finalmente, el caos ha sido tan desastroso que Maduro no tuvo más remedio que sacar al militar  Manuel Quevedo de la presidencia de la estatal petrolera y designar a Asdrúbal Chávez, primo de Hugo Chávez, pero con una amplia carrera dentro de la empresa.

El chavismo comenzó a utilizar a PDVSA como su cajero automático desde donde salía el financiamiento para todos los programas, planes de gobierno, gobernaciones, alcaldías y ayudas sociales, a través de las ganancias por regalías, impuestos, dividendos y dividendos anticipados. La principal industria del país al servicio de las necesidades del pueblo, con un precio del barril de crudo sobre los 100 dólares.

Pero la gallinita de los huevos de oro nunca ha sido del todo “soberana”. Toda empresa petrolera requiere servicios externos que debe pagar y son costosos, como los servicios asociados y conexos a los procesos de perforación, tratamiento químico y mantenimiento, entre otros.

Cuando en el 2015 comienzan a bajar los precios del petróleo y luego del recorte de producción acordado por la Opep+, se hizo insostenible el financiamiento a los programas sociales, pero además las condiciones políticas, sociales y económicas de Venezuela también habían cambiado tras la muerte de Hugo Chávez.

El militar Manuel Quevedo llega a la presidencia de la petrolera venezolana en noviembre de 2017 y Maduro le ordenó paralizar todos los contratos de la empresa. Sin embargo, en su gestión se firmaron contratos de servicio en condiciones desconocidas, amparado en los “superpoderes extraordinarios” que obtuvo con el decreto 3668.

Los apagones del 2018 y 2019 afectaron la producción y, sin contratos, fue imposible recuperarla. Desde su llegada, Quevedo comenzó una cacería de brujas y el acoso al personal por diferencias políticas se hizo norma. Los trabajadores petroleros perdieron hasta el servicio de comedor y su propio seguro médico, desatándose renuncias masivas.

En este contexto llega Asdrubal Chávez a la presidencia de la estatal petrolera, con unos trabajadores sin motivación, con una empresa quebrada, sin producción, y con muchos contratos con cuentas que aclarar. El detalle es que Chávez no llega solo, viene acompañado de Tareck El Aissami, actual vicepresidente Sectorial de Economía y recién nombrado Ministro de Petróleo.

Criminólogo y abogado, acusado por Estados Unidos de narcotraficante y su cabeza tiene un costo de diez millones de dólares para el gobierno de EEUU. Desconoce a la industria petrolera, pero es la mano derecha de Maduro y su confianza, porque estará por encima del nuevo presidente de PDVSA.

PDVSA deberá invertir para retomar la producción de petróleo en el país, que desde hace unos 5 años va en caída libre y actualmente se ubica en unos 700.000 barriles de crudo diarios, lo que representa nada para un país que tiene certificada una de las mayores reservas de petróleo del mundo y que mantuvo un lugar privilegiado en el mercado internacional; todo matizado con sanciones financieras, con la contracción económica que deja la pandemia del coronavirus, pero, sobre todo, con una economía nacional en bancarrota absoluta, producto de la corrupción y el mal manejo del gobierno de Maduro.

Pese a que hay trabajadores petroleros que respetan y apoyan la gestión de Asdrúbal Chávez; los más pesimistas dudan que a estas alturas se pueda recuperar PDVSA, y ven a El Aissami como el “plomo en el ala” que no dejaría volar a la empresa.

“Cómo arruinar un país y su industria petrolera en menos de 5 años”, debería ser la próxima novela que narre la ruina de una estatal petrolera, que fue ejemplo para el mundo y que hoy da pena ajena.

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