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Casablanca confinada

Casablanca

La situación actual de pandemia por el coronavirus ha hecho que todas las ciudades grandes o pequeñas del mundo se hayan visto confinadas, vacías, silenciosas y solitarias, de una forma que nunca antes se había vivido en la historia de la humanidad. Yo vivo en Casablanca, una ciudad de ocho millones de habitantes censados, con una extensión de 220 km2, enorme en comparación con otras ciudades como Paris 105 km2 o con Barcelona 101 km2.

Si se suele decir que Nueva York es la ciudad que nunca duerme, no menos podemos decir de Casablanca, ruidosa, bulliciosa, amontonada. A cualquier hora, de día o de noche, en festivo o laborables. Siempre hay calles embotelladas, siempre hay cláxones por todas partes, gente a pie, motos…miles de motos, bicicletas, camiones, camionetas, todo tipo de transporte, mecánico o animal a cualquier hora del día o la noche, el tráfico es densísimo.

Los semáforos son manuales en muchos casos, y los policías encargados de controlar el tráfico habitualmente se encuentran desbordados, lo que hace que circular por la ciudad sea toda una aventura. Pero todo esto ahora con el confinamiento ha cambiado. Las reglas han cambiado en la ciudad de la Grand Mosquée.

Se ha decretado el confinamiento general de todos los habitantes de la ciudad, de todas las ciudades, de todo el reino, de una forma seria, muy seria, controlada de forma realmente estricta por la policía y una discreta presencia militar, discreta, pero que impone, ver los BMR (blindados medios sobre ruedas 6×6) por la calle no es una broma.

Hay barreras policiales por todas partes, en todas las calles y avenidas principales y coches, furgonetas y motos de la policía peinando permanentemente la ciudad, sin dejar calles sin visitar. El esfuerzo ha sido impresionante y efectivo, los números así lo indican. Como efecto colateral, tal y como ha pasado en otras partes del mundo, las calles se han vaciado, se han vuelto silenciosas, solitarias, podríamos decir que fantasmales, y eso sí que impresiona, conociendo Casablanca como la conozco, hasta en sus más mínimos rincones, calles y callejuelas.

Salgo de casa en el coche al alba, cuando el muecín llama al primer rezo, denominado Al-Fajr, que según la tradición es cuando se puede diferenciar un hilo blanco de un hilo negro en la oscuridad de la noche. Hoy, a las 04:30  de la mañana, es impresionante escuchar el Allah Akbar proveniente de las decenas de mezquitas en una ciudad en completo silencio. Es algo que solo voy a vivir una vez en la vida, porque ahora no veré los pasos apresurados de los fieles hacia las mezquitas con sus tapices de rezo, suaves y exquisitamente enrollados debajo del brazo, pues desde el primer momento están cerradas, y por ello, algunas dirigen el rezo desde los altavoces que todas tienen.

Pasear por las arterias principales de la ciudad por un asfalto normalmente ocupado por los automóviles es una experiencia única, sobrecogedora,y hacerlo en solitario, cargado de equipo fotográfico, hace que se te encoja el cuerpo.

Sientes que estás viviendo en una película de devastación que siempre has pensado que es ciencia ficción, pues no, hoy no es ciencia ficción. No es un sueño, lo estás pisando, lo estás viviendo, lo estás oyendo. Sí, oyes el silencio, ese silencio al que no nos acostumbramos los urbanitas cuando visitamos el desierto. Ese silencio que hace que te duelan los oídos, solo roto por el motor de una furgoneta policial que se acerca con la puerta corredera abierta, como una boca lúgubre que quisiera tragarte.

Sale el sol, que agradezco que me dé en la espalda mientras alumbra la dormida e inactiva ciudad confinada.Una moto de la policía se me acerca, pues soy la única persona en la avenida y mi figura es fácilmente reconocible desde lejos en medio de la enorme avenida Zerktouni. Parado y con la cámara en alto, me da dos vueltas. Luego le muestro mi documentación y se va, no sin antes decirme, recordarme más bien, que no puedo hacerle fotos a un policía, -ni se me ocurriría-, pienso.

Recorrer la ciudad vacía, sin un alma, me da una sensación extraña. La gente me observa desde las ventanas. Algunos me saludan en árabe, cuando les contesto perciben mi acento y me saludan en francés, sonrientes, sorprendidos de mi presencia, pero me sonríen y saludan con afabilidad.

Los madrugadores somnolientos me avisan que no puedo estar en la calle, que tenga cuidado en susurros, que la policía pasa por allí. Les sonrío detrás de mi mascarilla, levanto la palma de la mano que tengo libre de la cámara y prosigo mi aleatorio vagabundeo sin destino por la ciudad.

A partir de las 09:30 se ve algún peatón apresurado y con bolsa en mano yendo a comprar comida a los supermercados y tiendas abiertos. Pero siempre están próximos a sus casas, pues se ha establecido un documento que el Mokkadem (jefe de barrio) le ha de firmar un documento oficial a cada persona, a toda la población, a mí también. En este documento figura tu nombre y apellidos, dirección, y para lo que estás autorizado a salir de tu casa, tanto por motivos profesionales o médicos. Solo se permiten desplazamientos fuera de tu barrio, por causas profesionales de actividades imprescindibles. El resto de fábricas, tiendas y comercios están cerrados. Nada más está permitido.

En tu documento llevas una referencia que, además, se ha registrado en un libro. Sí, en un libro y manualmente. Imaginad el esfuerzo y la cantidad de personal que se ha empleado en consignar y registrar a toda la población, referenciarla y autorizarla para finalmente sellarla y firmarla personalmente por este Mokkadem. El documento, en árabe clásico, lo guardaré como recuerdo de esta intensa vivencia de un confinamiento no deseado.

Mi deambular por la ciudad llega a su fin poco antes del mediodía. Hay pocos coches, casi ninguno pasa y más peatones ataviados de bolsas y protegidos por mascarillas, algunas de ellas con el logo Nike, o de sus equipos de futbol favoritos, de logos desconocidos o simplemente de flores, máscaras quirúrgicas, FFP2 como la mía con válvula, sin ella, incluso pañuelos y foulards veo. Algunos me hacen sonreír con la máscara al revés o sujetas de forma un tanto… podríamos decir imaginativa.

Vuelvo a mi casa en medio de este silencio impresionante, de este vacío inconcebible, incomprensible, inadecuado e incómodo, deseando quitarme la sudada mascarilla, deseando que todo pase.

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