Africa 3.0

¿Cabemos todos?

La emigración es global

La emigración se ha convertido en un asunto prácticamente de ámbito mundial. No se trata ni mucho menos del problema solo entre África y Europa. Es similar, con pequeñas variantes, en los cinco continentes. Basta echar la vista a Occidente y mirar lo que ocurre en los Estados Unidos con los emigrantes de Méjico y los países centroamericanos.

Hace apenas unos meses partieron de Honduras inmensas caravanas de personas que caminaban en un intento por acercarse a la frontera norteamericana. Lo hacían en busca del trabajo y modo de vida que en sus países tanto escasea. Pues si miramos al este podemos observar que lo mismo ocurre entre el golfo Arábico y Asia o entre Singapur y Vietnam. Y por supuesto, más al este aún, la situación de los asiáticos que quieren emigrar a Australia o Nueva Zelanda y son rechazados a pesar del amplio espacio con que cuentan.

Muchos habitantes de los países en desarrollo buscan acogida en los países desarrollados, donde, además de asumir una obligación humanitaria, su aportación laboral es necesaria. En Europa, donde actualmente la solución a la emigración tanto se hace esperar, hay que añadir que no se trata sólo de emigrantes árabes o subsaharianos. También se plantea entre los países más ricos con los nativos de otros países con economías más débiles. Ocurre incluso dentro de la Unión Europea con algunos de sus socios, como Rumanía, Bulgaria o Polonia.

La realidad que nadie ignora, pero pocos reconocen, es que la riqueza y el terreno están muy mal repartidos. El tiempo evoluciona y crea nuevas situaciones. Hace apenas cincuenta años la población mundial era de dos mil millones y medio de habitantes. Ahora somos algo más de ocho mil millones. La población se ha multiplicado por tres y la tierra que compartimos no ha dado de sí. Y la desproporción lejos de reducirse continúa creciendo. La tasa de natalidad de los países en desarrollo multiplica por tres la de los desarrollados y la triste verdad es que entre estos nadie parece tenerlo en cuenta.

La mejor y más urgente solución es reducir esta desproporción. Y la fórmula está clara: puesto que no existe capacidad para todos los que quieren mejorar sus condiciones de vida en los países ricos, lo que parece más sensato, más que rechazar la emigración, sería desarrollar la economía en los países pobres para que muchos encuentren esas mejoras que buscan fuera.

Se trata de invertir en el futuro y de paliar una injusticia evidente. La sociedad rica sigue empeñada en el desarrollo de las tecnologías sin preocuparse de repartir mejor sus beneficios. Y esto no es tan difícil si gobiernos y emprendedores se percatasen de que a corto y medio plazo también ellos y sus mercados saldría beneficiados. La cuestión ahora mismo es que los que disponen de dinero para emprender prefieren la comodidad de multiplicar los beneficios desde sus propios despachos sin arriesgar y jugar en la economía especulativa que permite enriquecerse hasta el infinito sin crear o generar puestos de trabajo, que es lo que hace falta.

No es necesario acogerse a ideologías completamente utópicas y desfasadas para reivindicar un mejor reparto de la riqueza: basta con que quienes la disfrutan ya recuerden que en la Tierra tenemos que caber todos y pongan a producir algo más que dinero pasivo. Hay miles de millones de personas que lo quieren es, sencillamente, trabajar.

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